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Ciudad de México, Septiembre 11.- Hace casi un siglo, la imaginación ya se desbordaba.

Cuando las computadoras todavía pertenecían al terreno de la ciencia ficción y faltaban décadas para que existiera la inteligencia artificial moderna, Lang presentó una historia que convirtió el desarrollo tecnológico en una pregunta social: ¿qué ocurre cuando las máquinas hacen avanzar a una civilización, pero los seres humanos terminan sometidos a ellas?


La historia se desarrolla en una enorme ciudad del futuro dividida en dos mundos. En la superficie viven las élites, rodeadas de edificios monumentales, jardines y tecnología. Debajo de la ciudad trabajan miles de obreros que mantienen en funcionamiento las máquinas.


Un robot capaz de imitar al ser humano


Uno de los elementos más sorprendentes de Metrópolis aparece cuando el científico Rotwang crea un ser mecánico con apariencia humana.


El robot puede adoptar el aspecto de Maria, una mujer que se ha convertido en símbolo de esperanza para los trabajadores. La máquina es utilizada para engañar y manipular a las personas, anticipando una preocupación que décadas después aparecería en numerosas historias sobre inteligencia artificial: que una tecnología capaz de imitar al ser humano puede ser utilizada también para influir sobre él.


La importancia de la película no está solamente en haber mostrado uno de los primeros robots humanoides memorables del cine. Metrópolis planteó una idea mucho más profunda: una creación tecnológica puede adquirir apariencia humana y, precisamente por ello, convertirse en una herramienta de manipulación.


La película no conocía conceptos actuales como aprendizaje automático, redes neuronales o modelos generativos, pero sí imaginó el problema de distinguir entre lo humano y aquello que solamente parece humano.


Un robot creado para sustituir y controlar


El robot de Metrópolis se convirtió en una de las imágenes más influyentes de la ciencia ficción. Su diseño metálico y antropomórfico estableció buena parte del lenguaje visual con el que posteriormente el cine representaría a los androides.


Desde entonces, generaciones de películas retomaron la idea de construir máquinas con forma humana para explorar nuestros propios temores frente a la tecnología.


La película también anticipó otro debate que sigue vigente: la automatización del trabajo.
En Metrópolis, los obreros realizan tareas repetitivas alrededor de gigantescas máquinas, hasta el punto de que sus cuerpos parecen formar parte del propio sistema industrial. La tecnología aumenta la capacidad de producción, pero no necesariamente mejora la vida de quienes trabajan con ella.


Ese planteamiento resulta sorprendentemente actual casi un siglo después. La inteligencia artificial contemporánea vuelve a abrir preguntas sobre qué empleos pueden automatizarse, qué tareas serán realizadas por máquinas y cómo cambiará el trabajo humano.


La diferencia es que, en 1927, Lang imaginaba brazos, engranajes y enormes motores; hoy hablamos también de algoritmos capaces de escribir, generar imágenes, analizar información o mantener conversaciones. 


2026, el futuro que imaginó Fritz Lang


Hay además una coincidencia temporal difícil de ignorar: la película está ambientada en el año 2026.


Para los espectadores de 1927, nuestro presente era parte de un futuro lejano. Y aunque la ciudad imaginada por Lang no se parece literalmente a las ciudades actuales, algunas de sus preocupaciones sí siguen presentes, como la automatización, la concentración del poder tecnológico, la desigualdad y una creciente dependencia de sistemas creados por el ser humano.

Metrópolis no predijo ChatGPT ni las computadoras personales. Tampoco mostró una inteligencia artificial en el sentido técnico actual.


Su importancia está en que imaginó, mucho antes de que existieran las condiciones tecnológicas para ello, una máquina capaz de imitar al ser humano y alterar el comportamiento de una sociedad.
Por eso su influencia va mucho más allá del cine mudo. El robot de Metrópolis abrió una tradición que posteriormente tendría representantes como HAL 9000, los replicantes de Blade Runner, Skynet y los androides de innumerables películas.


En cada caso, el cine volvería a formular la misma pregunta desde diferentes perspectivas: si podemos crear máquinas cada vez más parecidas a nosotros, ¿qué límites deberíamos ponerles?

Vista desde 2026, la película también permite reflexionar sobre una transformación fundamental. En 1927, el miedo estaba representado por una máquina gigantesca que podía sustituir al trabajador. Hoy la tecnología puede realizar tareas que antes requerían capacidades consideradas exclusivamente humanas.


La máquina ya no necesita tener rostro, brazos o piernas para participar en actividades intelectuales. 


Una película que volvió a ser visible casi un siglo después


La historia de Metrópolis también tiene un componente tecnológico fuera de la ficción. Durante décadas circularon versiones incompletas de la película, después de que distintos cortes y restauraciones alteraran su duración y estructura.


En 2008, investigadores localizaron en Buenos Aires una copia considerada perdida que conservaba escenas ausentes en las versiones conocidas.


El material permitió realizar una nueva restauración, aunque con importantes daños físicos en el negativo. La Friedrich-Wilhelm-Murnau-Stiftung incorporó posteriormente ese material a la restauración de 2010, que permitió recuperar buena parte de la estructura original de la película.

En 2010, Metrópolis fue incluida por la UNESCO en el Registro Memoria del Mundo, reconocimiento que subraya su importancia como patrimonio documental y cinematográfico. 


Una coincidencia temporal que requiere precisión


Metrópolis sí está ambientada en 2026, pero la película no establece que en ese año existirían robots humanoides o inteligencia artificial.


La referencia temporal aparece en la propia película como parte de su mundo futurista; las tecnologías concretas y su significado son interpretaciones posteriores a partir de la obra de Fritz Lang.


La película se estrenó en Berlín el 10 de enero de 1927 y fue dirigida por Fritz Lang, con guion de Thea von Harbou. Su visión de una ciudad futurista se construyó alrededor de la división entre una clase privilegiada que vive en la superficie y los trabajadores que operan las máquinas en las profundidades.

Uno de los elementos que sí conserva una relevancia particular en 2026 es el llamado Maschinenmensch, el ser mecánico creado por Rotwang.

Aunque suele describirse como un robot, su función narrativa es más específica: adopta la apariencia de Maria y es utilizado para suplantarla y manipular a los trabajadores.


La película explora así, décadas antes de la informática moderna, el poder de una representación artificial capaz de hacerse pasar por una persona.


Del cine de 1927 al debate actual sobre la tecnología


Vista desde 2026, la vigencia de Metrópolis no depende de que haya anticipado literalmente las tecnologías actuales.


Su mayor acierto fue plantear preguntas que sobrevivieron al contexto industrial de los años veinte: quién controla la tecnología, qué sucede cuando la automatización modifica el trabajo y qué riesgos aparecen cuando una herramienta capaz de imitar a una persona puede utilizarse para influir sobre una sociedad.


Por eso Metrópolis merece ser considerada una de las películas más visionarias del siglo XX. No porque haya acertado literalmente cómo sería la inteligencia artificial, sino porque entendió algo que continúa vigente: el verdadero desafío tecnológico no consiste únicamente en crear máquinas cada vez más poderosas, sino en decidir qué lugar queremos que ocupen esas máquinas dentro de una sociedad humana.


Casi cien años después de su estreno, el robot de Fritz Lang sigue funcionando como una advertencia.


La tecnología puede transformar una civilización, aumentar su capacidad y hacer posibles cosas antes inimaginables. Pero también puede concentrar poder, desplazar trabajadores y convertirse en instrumento de manipulación.


En ese sentido, Metrópolis no solamente imaginó el futuro; también nos preguntó qué clase de futuro queríamos construir.