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01 de Septiembre 2026.- Decir “gracias” a una inteligencia artificial puede parecer un gesto cotidiano e inofensivo. También lo es saludarla, pedirle disculpas o incluso contarle problemas personales. Sin embargo, conforme las herramientas de inteligencia artificial se vuelven más capaces de conversar de manera natural, también aumenta el riesgo de que las personas olviden que están interactuando con una máquina y comiencen a atribuirle emociones, intenciones o capacidades que realmente no posee.

Este fenómeno tiene un nombre: antropomorfismo, la tendencia humana a atribuir características propias de las personas a animales, objetos, sistemas tecnológicos o programas informáticos.

En el caso de la inteligencia artificial generativa, este comportamiento se ha vuelto especialmente evidente. Expresiones como “buenos días, Siri”, “gracias, ChatGPT” o “Claude me ayudó” forman parte de la interacción cotidiana de millones de usuarios. El problema aparece cuando esa forma de hablar deja de ser simplemente una manera cómoda de comunicarse y se convierte en la percepción de que existe una persona detrás de la pantalla.

Las actuales IA están diseñadas para mantener conversaciones fluidas, responder con empatía y adaptarse al estilo de quien las utiliza. Esa capacidad puede generar una sensación de cercanía que no necesariamente corresponde con lo que ocurre en realidad.

Una máquina que parece comprendernos

El desarrollo de los modelos de lenguaje ha llevado la interacción entre humanos y máquinas a un nuevo nivel. Ya no se trata únicamente de recibir una respuesta automática: las IA pueden mantener conversaciones extensas, recordar determinados elementos dentro de una interacción, utilizar un tono amable y responder ante situaciones emocionales.

Esto puede hacer que el usuario perciba interés, comprensión o incluso afecto.

Sin embargo, que una IA pueda expresarse de esa manera no significa que experimente emociones o tenga conciencia. Su capacidad para producir respuestas similares a las humanas proviene del procesamiento de enormes cantidades de información y de patrones aprendidos durante su entrenamiento.

El investigador Walter Quattrociocchi, de la Universidad La Sapienza de Roma, ha señalado precisamente uno de los principales problemas: los modelos pueden producir respuestas incorrectas sin tener una verdadera representación de lo que es la verdad. Es decir, no se trata simplemente de que una IA “se equivoque” como lo haría una persona, sino de que su funcionamiento es fundamentalmente distinto al razonamiento humano.

Por eso, confiar ciegamente en una IA puede resultar especialmente problemático cuando las conversaciones involucran decisiones importantes, emociones o situaciones personales.

De asistentes digitales a compañeros virtuales

La preocupación aumenta cuando la relación con estos sistemas deja de ser funcional y comienza a adquirir un carácter afectivo.

La posibilidad de utilizar una IA como confidente, amiga o incluso como sustituto de determinadas relaciones humanas recuerda a la película Her, estrenada en 2013, en la que un hombre desarrolla un vínculo emocional con un sistema operativo.

Lo que entonces parecía una idea de ciencia ficción hoy tiene algunos paralelismos en el mundo real. Las personas pueden pasar largos periodos conversando con sistemas de IA, compartir con ellos preocupaciones personales o buscar apoyo emocional.

El riesgo no está en conversar ocasionalmente con una IA, sino en llegar a sustituir vínculos humanos o tomar decisiones importantes basándose en la percepción de que la máquina realmente comprende, siente o conoce al usuario.

A esto se suma otro elemento: las propias inteligencias artificiales suelen responder de manera amable y, en ocasiones, excesivamente complaciente. Esa tendencia a validar al usuario puede reforzar la sensación de confianza y hacer más difícil identificar los límites entre una herramienta tecnológica y una relación interpersonal.

El lenguaje también construye la ilusión

El antropomorfismo no aparece únicamente en la apariencia de los robots. También está presente en la forma en que las empresas y los usuarios describen el funcionamiento de la inteligencia artificial.

Términos como “memoria”, “pensamiento”, “alucinación” o “redes neuronales” utilizan conceptos asociados con el funcionamiento humano para explicar procesos tecnológicos.

Anthropic, por ejemplo, utiliza conceptos humanos como “virtud” y “sabiduría” para definir determinadas características que busca incorporar en el comportamiento de Claude. La empresa explica que recurrir a estos conceptos puede ayudar a orientar el comportamiento del sistema debido a la enorme influencia que tiene el lenguaje humano en su entrenamiento.

Esta forma de presentar la tecnología facilita que las personas comprendan sistemas extremadamente complejos, pero también puede contribuir a crear una imagen demasiado humana de ellos.

Robots cada vez más parecidos a nosotros

La humanización tecnológica tampoco se limita a los chatbots.

Los avances en robótica han permitido desarrollar máquinas con movimientos, voces y rostros cada vez más cercanos a los humanos. Japón y China se encuentran entre los países que han impulsado con mayor fuerza el desarrollo de robots humanoides.

El investigador japonés Hiroshi Ishiguro lleva años desarrollando robots con un alto nivel de semejanza física con las personas. Su planteamiento parte de que una apariencia familiar puede facilitar la interacción en ámbitos como la educación, los hospitales y otros espacios de atención.

Pero existe un debate abierto: ¿realmente necesitamos que una máquina tenga apariencia humana para que sea útil?

En muchos casos, una máquina especializada podría realizar una tarea con mayor eficiencia sin necesidad de parecer una persona. La búsqueda de robots que funcionen como “mayordomos” o compañeros puede responder más a nuestro deseo de relacionarnos con algo familiar que a una verdadera necesidad tecnológica.

La evolución de los humanoides también se combina con tecnologías de generación de imágenes, clonación de voz y deepfakes, aumentando la capacidad de crear representaciones artificiales que pueden parecer auténticas.

¿Quién debe proteger al usuario?

El crecimiento de estas tecnologías plantea una pregunta que las regulaciones todavía no responden completamente: ¿hasta dónde debe permitirse que una IA simule una relación humana?

China se ha adelantado en este terreno. Desde el 15 de julio, una regulación contempla los llamados “servicios de interacción emocional continua”, definidos como aquellos que utilizan IA para ofrecer interacciones que simulan rasgos de personalidad, formas de pensar y estilos de comunicación propios de personas.

La normativa no prohíbe este tipo de tecnología. Por el contrario, permite su desarrollo, pero establece responsabilidades para los proveedores, especialmente frente a posibles riesgos de manipulación emocional o mental.

En Europa, el Reglamento de Inteligencia Artificial contempla obligaciones relacionadas con la transparencia y establece restricciones frente a determinados usos manipulativos de la tecnología. Sin embargo, el antropomorfismo como fenómeno específico no cuenta con una regulación equivalente a la establecida en China.

El verdadero desafío: recordar que no es una persona

La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinariamente útil para estudiar, trabajar, crear contenido, resolver problemas o acceder a información. El problema aparece cuando la utilidad de la herramienta se confunde con una relación humana.

Decir “gracias” a ChatGPT no significa necesariamente que alguien esté desarrollando una dependencia emocional. El verdadero riesgo aparece cuando esa cortesía se transforma en la convicción de que la máquina siente gratitud, preocupación o cariño por nosotros.

La tecnología puede imitar cada vez mejor la manera en que hablamos, pero imitar una conversación humana no equivale a tener una mente humana.

Mantener clara esa diferencia será uno de los grandes retos de la convivencia con la inteligencia artificial. Porque mientras las máquinas aprenden a comunicarse cada vez más como nosotros, también tendremos que aprender nosotros a reconocer cuándo estamos frente a una herramienta y cuándo frente a una persona.