“CUANDO MUERE UNA MADRE: APRENDIENDO A VIVIR CON SU AUSENCIA”
Por: Alejandra Salgado Romero
“Cuando mamá fallece, perdemos a la figura de amor incondicional, a aquella que nos protege durante nuestros primeros años de vida, la que nos comprende, la que nos ayuda a manejar nuestras emociones y a la primera figura de autoridad”
Dra. Beatriz Glowinski Kotlar, Facultad de Psicología de la UNAM
Hay despedidas que duelen y hay otras que modifican para siempre nuestra manera de entender la vida. La muerte de una madre pertenece a estas últimas. No importa si quien la pierde tiene cinco, veinte, cincuenta o setenta años: cuando muere nuestra madre, se transforma una parte de nuestra propia historia. En México, la muerte forma parte de una realidad que alcanza cada año a cientos de miles de familias. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señala que en México, durante 2024, se registraron 819 mil 672 defunciones; 44% correspondió a mujeres y 55.9% a hombres. El dato no permite saber cuántas de esas mujeres eran madres, pero sí dimensiona que la muerte forma parte de una realidad cotidiana que inevitablemente alcanza a miles de familias. Detrás de cada registro, sin embargo, existe una historia irrepetible: una familia que debe aprender a vivir con una dolorosa y triste ausencia. En Guerrero, donde los vínculos familiares y comunitarios tienen un peso particularmente significativo, esa despedida suele involucrar no solamente a los/as parientes/as más cercanos, sino también a redes de solidaridad que acompañan los rituales funerarios y los primeros días del duelo. Ninguna estadística puede medir lo que significa perder a mamá.
La madre suele representar para muchas personas una referencia afectiva fundamental: quien cuidó, escuchó, aconsejó, acompañó y estuvo presente en momentos decisivos. Por eso, cuando muere, no solamente desaparece una persona querida, también desaparecen rutinas, conversaciones, llamadas, abrazos y esa posibilidad aparentemente sencilla de decir: “Voy a preguntarle a mi mamá”. La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha advertido que el duelo afecta al cerebro, las emociones y el cuerpo. El psicólogo Hugo Sánchez Castillo explica que durante este proceso pueden presentarse tristeza intensa, rumiación de pensamientos, alteraciones del sueño y del apetito, así como cambios en la capacidad de concentración y toma de decisiones. Esto ayuda a comprender que el dolor no es una exageración ni una falta de fortaleza: es una respuesta humana ante una pérdida significativa.
Tampoco existe una edad en la que dejemos de necesitar emocionalmente a nuestra madre. Una niña puede experimentar abandono y desconcierto; una persona joven puede sentir que pierde un referente cuando apenas comienza a construir su vida; y un adulto/a puede experimentar una profunda sensación de orfandad, aun después de haber formado su propia familia. Cada duelo tiene su historia. Por eso debemos cuestionar también algunas ideas profundamente arraigadas en nuestra cultura. “Sé fuerte”, “ya no llores”, “tienes que superar esto” o “ya pasó suficiente tiempo”, pues pueden terminar convirtiendo el dolor en una experiencia silenciosa. La perspectiva de género resulta indispensable: todavía se espera con frecuencia que los hombres oculten el llanto y que las mujeres seamos quienes sostengan emocionalmente al resto de la familia, aun cuando ello signifique estar ignorando nuestro dolor. Ninguna de esas exigencias es saludable. Llorar, pedir ayuda y reconocer nuestra vulnerabilidad también son expresiones de fortaleza.
Cuando muere nuestra madre, la familia también cambia. Los papeles se reorganizan, las responsabilidades pueden redistribuirse y algunas heridas antiguas pueden reaparecer. Por eso el duelo también es una oportunidad para mirarnos con mayor empatía y comprender que cada integrante está intentando reconstruirse desde un lugar diferente. La especialista de la UNAM Mariana Rodríguez Lugo señala que cada persona vive el duelo de manera distinta y que contar con espacios para expresar el dolor es fundamental. Por ello, acompañar a quien ha perdido a su madre no significa decirle cómo debe sentirse, sino permanecer cerca, escuchar sin juzgar y respetar sus tiempos. También es importante entender que seguir adelante no significa olvidar. Significa aprender, poco a poco, a vivir con una ausencia que nunca dejará de existir, pero que puede transformarse en memoria, gratitud y legado. Hablar de mamá, conservar fotografías, preparar una receta que ella enseñó, continuar alguna tradición familiar o simplemente pronunciar su nombre son maneras de mantener vivo el vínculo.
La recomendación profesional es no descuidar lo básico: dormir, alimentarse, mantener cierta actividad física, conservar redes de apoyo y permitirse sentir. Cuando la tristeza se vuelve incapacitante, persiste intensamente, impide recuperar la vida cotidiana o aparecen pensamientos autodestructivos, es necesario buscar atención psicológica especializada. La UNAM destaca que la psicoterapia puede proporcionar herramientas para regular emociones, procesar la pérdida y reconstruir el sentido de vida.
En la aportación de Miguel de Unamuno “Cuando se muere alguien que nos sueña, se muere una parte de nosotros” y es verdad… tal vez nunca dejemos de extrañar a mamá. Y no se trata de hacerlo. Se trata de aprender que continuar viviendo no significa dejar de amar, volver a sonreír no significa olvidar… y construir nuevos proyectos no significa traicionar su memoria. Porque cuando una madre muere, termina su presencia física, pero no necesariamente termina aquello que sembró en quienes amó. Su voz puede permanecer en nuestras palabras, sus enseñanzas en nuestras decisiones y sus valores en la manera en que tratamos a las y los demás.
A quienes han enfrentado tan terrible y significativa pérdida, en especial a Esther Araceli y Jorge, amigos/as que hoy sufren esa compleja, difícil y dolorosa despedida, -además de agradecerles con el corazón haberme permitido el honor de conocer y tratar a tan extraordinarias mujeres-, quizá lo más humano que pueda decirles sea que no tienen que dejar de extrañar a su madre para volver a vivir: sólo necesitan aprender, poco a poco, a caminar con su ausencia física, sabiendo que el amor de una madre no termina con la muerte: permanece en la memoria, en las enseñanzas, en los valores y, por encima de lo terrenal, en el corazón de quienes tuvieron el privilegio de amarla.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
