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Ciudad de México, Agosto 11.- El oftalmólogo Julio César Moreno Nava explica qué ocurre con nuestros ojos después de pasar horas frente a computadoras y celulares, por qué las pantallas favorecen el ojo seco y qué hábito puede ayudar a reducir la fatiga visual.
Hay algo que hacemos todos los días sin siquiera pensarlo: mirar una pantalla. Lo hacemos al despertar, mientras desayunamos, durante el trabajo, en una reunión, en el transporte, al llegar a casa y, muchas veces, justo antes de dormir.
El problema, explica el cirujano oftalmólogo Julio César Moreno Nava, no está necesariamente en la pantalla como objeto, sino en lo que ocurre con nuestros ojos cuando permanecemos demasiado tiempo frente a ella.
El cambio se hizo todavía más evidente con el home office. Moreno Nava observa que muchas de las actividades que antes obligaban a las personas a levantarse, caminar, conversar cara a cara o cambiar de distancia visual ahora ocurren frente a una computadora. El resultado es que el ojo seco y el estrés visual asociado al uso de dispositivos se han convertido en problemas cada vez más frecuentes. De acuerdo con el especialista, en México se estima que más de 40 por ciento de la población presenta algún grado de ojo seco.
Pero hay una explicación sencilla para entender qué sucede. Cuando dos personas conversan frente a frente, normalmente parpadean entre 12 y 15 veces por minuto. Frente a una pantalla, esa frecuencia puede caer hasta cuatro o seis veces por minuto, especialmente cuando la actividad exige concentración. El ojo, que necesita mantenerse lubricado, deja de recibir con la misma frecuencia esa película de humedad que se distribuye cada vez que parpadeamos.
La consecuencia puede comenzar con molestias que muchas personas atribuyen simplemente al cansancio: ardor, ojos rojos, comezón, sensación de tener algo dentro del ojo o visión borrosa.
Cuando la superficie ocular pierde humedad, pueden aparecer pequeñas alteraciones en el tejido que la recubre y las molestias pueden aumentar. El aire acondicionado, además, puede empeorar la resequedad, particularmente cuando se combina con muchas horas frente a la pantalla.
Por eso, cuando un paciente llega al consultorio convencido de que «el celular le está matando los ojos», Moreno Nava no se limita a preguntarle cuánto tiempo utiliza el teléfono. Quiere saber qué hace durante esas horas, si trabaja con computadora, participa en videollamadas, juega videojuegos, utiliza redes sociales o realiza alguna actividad que requiera una concentración sostenida. También pregunta por las condiciones del lugar: si hay aire acondicionado, cómo es la iluminación y qué tan expuesto está a ambientes que pueden favorecer la resequedad.
Y aquí aparece una precisión importante: el especialista no plantea que exista una cantidad universal de horas de pantalla que, por sí sola, determine cuándo nuestros ojos comenzarán a dañarse. Para los adultos, explica, buena parte de la vida laboral y personal transcurre actualmente frente a dispositivos, por lo que establecer un límite rígido puede ser poco realista. La recomendación está más relacionada con introducir pausas y modificar la manera en que utilizamos las pantallas.
Ahí entra la regla que puede convertirse en un pequeño hábito cotidiano: 20-20-20.
La idea es sencilla: después de aproximadamente 20 minutos frente a una pantalla, hay que apartar la mirada durante 20 segundos y observar algo que esté a unos 20 pies de distancia, alrededor de seis metros.
No se trata de vivir pendiente de un cronómetro ni de interrumpir cada actividad exactamente cada 20 minutos. Moreno Nava propone recordarlo como una pausa periódica: una o dos veces por hora, levantar la mirada, cambiar de distancia y permitir que los ojos descansen.
La razón tiene que ver también con el mecanismo de enfoque. Cuando observamos algo cercano, nuestros ojos realizan un esfuerzo para mantenerlo enfocado. El especialista compara ese trabajo con sostener una pequeña pesa durante mucho tiempo: puede hacerse, pero mantenerla constantemente termina provocando fatiga. Al mirar de lejos durante unos segundos, ese mecanismo puede relajarse rápidamente. Al mismo tiempo, la pausa favorece que volvamos a parpadear y, con ello, a lubricar la superficie ocular.
La recomendación no significa abandonar el trabajo, apagar la computadora o renunciar al celular. Significa interrumpir la continuidad de la mirada cercana. Incluso Moreno Nava sugiere aprovechar esas pausas para levantarse, estirarse y darle un descanso no solamente a los ojos, sino al resto del cuerpo después de permanecer sentado durante largos periodos. ¿Y las lágrimas artificiales?
Cuando la resequedad ya está presente, el especialista señala que puede recurrirse a lubricantes o lágrimas artificiales. Su recomendación es que, si se utilizarán de manera frecuente, sean preferentemente libres de conservadores. También hace una distinción importante: una lágrima artificial no es lo mismo que utilizar por cuenta propia cualquier gota para quitar el enrojecimiento de los ojos. Moreno Nava desaconseja la automedicación con este tipo de productos.
Hay además un detalle que puede pasar inadvertido. Una persona que trabaja todo el día frente a una computadora puede pensar que cualquier molestia ocular al despertar es consecuencia directa de las pantallas del día anterior. El especialista advierte que, si alguien despierta habitualmente con los ojos secos, conviene revisar otras posibilidades, entre ellas que durante la noche los párpados no cierren completamente o que exista una resequedad importante que persista hasta el momento de dormir.
Pero la conversación cambia de dimensión cuando se habla de niños.
Ahí ya no se trata únicamente de cansancio ocular.
Los niños y la otra consecuencia de las pantallas
Moreno Nava señala que en los niños el uso de pantallas también se relaciona con otra preocupación: la miopía. Y aquí introduce una diferencia fundamental respecto de los adultos. Mientras que para estos últimos no establece un límite rígido de horas de pantalla, sí considera que en los niños deben existir restricciones claras y, sobre todo, una vida que no transcurra exclusivamente frente a dispositivos.
El especialista pone especial énfasis en el tiempo al aire libre. Explica que pasar tiempo realizando actividades fuera de casa es una medida importante para ayudar a reducir la progresión de la miopía. Su recomendación para las familias no se limita, por tanto, a quitarle el teléfono a un niño: consiste también en sacarlo de la pantalla y llevarlo al mundo real, donde pueda jugar, caminar y pasar tiempo al aire libre.
Y hay una razón adicional para no esperar a que un niño diga que ve mal.
Moreno Nava recomienda que los menores tengan revisiones oftalmológicas periódicas, porque existen enfermedades o alteraciones visuales que pueden avanzar sin producir síntomas evidentes. Detectarlas temprano permite intervenir antes y, en determinados casos, existen tratamientos destinados a disminuir la progresión de la miopía.
La historia familiar del propio especialista le enseñó esa lección. Su hermana desarrolló una miopía elevada que no fue detectada de inmediato porque sus padres, ambos médicos, no tenían antecedentes directos de miopía que les hicieran sospechar el problema. Finalmente, en la escuela advirtieron que la niña veía borroso y fue entonces cuando descubrieron la magnitud de su graduación. Moreno Nava considera que una detección más temprana pudo haber permitido intervenir antes sobre la progresión.
Por eso, cuando se habla de pantallas, el mensaje del oftalmólogo no es simplemente «quítale el celular a tu hijo». Es mucho más amplio: hay que observar cuánto tiempo pasa frente a dispositivos, fomentar actividades al aire libre y, sobre todo, no esperar a que aparezca una dificultad evidente para llevarlo a revisión.
Una regla sencilla para una vida que ya está frente a una pantalla
El problema es que nadie puede escapar completamente de las pantallas. Están en el trabajo, en la escuela, en el entretenimiento y en la comunicación cotidiana. La solución, entonces, no parece estar en imaginar una vida sin dispositivos, sino en aprender a convivir con ellos sin olvidar que nuestros ojos siguen siendo órganos biológicos que necesitan descansar.
Moreno Nava lo resume en una recomendación que cabe en una sola línea y que cualquiera puede comenzar a aplicar: 20 minutos, 20 segundos, unos seis metros de distancia.
Levantar la mirada.
Parpadear.
Mirar lejos.
Y volver.
Porque quizá el verdadero problema no sea que pasemos tantas horas mirando una pantalla, sino que llevemos demasiado tiempo sin recordar que, de vez en cuando, también necesitamos mirar hacia otro lado. © 2026 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos.
