SOL, AGUA Y OÍDOS-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
Las vacaciones son sinónimo de albercas, playas, ríos y balnearios. Para los niños representan diversión, ejercicio y momentos inolvidables en familia. Sin embargo, hay dos problemas que cada verano llenan los consultorios y las salas de urgencias: las quemaduras solares y la llamada “otitis del nadador”. La buena noticia es que ambas pueden prevenirse casi por completo. Muchos padres piensan que una quemadura de sol solamente deja la piel roja por unos días. En realidad, cada quemadura representa un daño a las células de la piel producido por la radiación ultravioleta. Ese daño se acumula durante toda la vida. Se calcula que una gran parte de la exposición solar que recibimos ocurre antes de los 18 años, por lo que proteger a los niños hoy significa disminuir el riesgo de envejecimiento prematuro y de cáncer de piel cuando sean adultos. No es cierto que un niño moreno no necesite protector solar. Aunque las pieles oscuras tienen mayor cantidad de melanina y se queman menos fácilmente, también pueden sufrir lesiones por el sol. Tampoco es verdad que, si el día está nublado, no exista riesgo. Hasta el 80 % de los rayos ultravioleta atraviesan las nubes. El protector solar debe ser de amplio espectro, resistente al agua y con un Factor de Protección Solar (FPS) de 30 o más. Aplique 15 a 30 minutos antes de salir y volver a colocarse cada dos horas, o después de nadar, sudar o secarse con la toalla. Ningún protector dura todo el día. El mejor protector sigue siendo buscar sombra, usar sombrero de ala ancha, ropa ligera y evitar la exposición prolongada entre las 11 de la mañana y las 4 de la tarde, cuando la radiación es más intensa. En los menores de seis meses no se recomienda exponerlos directamente al sol. Lo más importante es mantenerlos bajo la sombra y protegerlos con ropa adecuada y sombrero. El otro enemigo silencioso del verano es el “oído del nadador”. Cuando el agua permanece atrapada dentro del conducto auditivo, la humedad favorece el crecimiento de bacterias y hongos que producen inflamación e infección de la piel del oído externo. Muchas personas creen que la solución consiste en limpiar los oídos con cotonetes. En realidad ocurre lo contrario. Los cotonetes empujan la cerilla hacia adentro, pueden producir pequeñas heridas y aumentan el riesgo de infección. La cerilla no es suciedad; es una barrera natural que protege el oído contra bacterias, hongos y humedad. Después de nadar basta con inclinar suavemente la cabeza hacia ambos lados para facilitar la salida del agua y secar únicamente la parte externa con una toalla limpia. No deben introducirse llaves, pasadores, servilletas, dedos ni ningún otro objeto dentro del oído. Tampoco es recomendable aplicar alcohol, agua oxigenada, aceites o remedios caseros sin indicación médica. Si el niño presenta dolor al mover la oreja, comezón intensa, secreción, disminución de la audición o fiebre después de nadar, debe ser valorado por su médico. Un tratamiento oportuno evita complicaciones y permite regresar pronto a disfrutar de las vacaciones. Las vacaciones deben dejar recuerdos felices, no quemaduras ni infecciones. Un poco de sombra, un buen protector solar y el cuidado adecuado de los oídos hacen una enorme diferencia. Prevenir siempre será más sencillo, menos doloroso y mucho más económico que curar.
DON CHIMINO.- Les taba paticando que iyendo para Acapulco a su graduación de ballet de nuestra ahijada Isamar, nos pararon los de la Guardia Nacional quesque porque nos pasamos tres kilómetros más de velocidá del mátsimo permitido. Me pidieron mi licencia y tarjeta de circulación, se los dí, luego paticaron entre ellos –al que le entregué los papeles y su pareja que era el que manejaba– y, cuando me pidieron que bajara del coche, lo pensé unos segundos, más porque mi Puchunga me alertó, –“No bajes!”- Casi me gritó furibunda. Ya una vez nos ´bía pasado y, me ha dado una santa regañada porque me bajé del coche que, es l´hora que siempre me lo anda recordando. Como quiera me bajé. Los julanos miraban mis documentos y hablaban entre ellos. En lo que iba a onde taban ellos se llenó de pensamientos mi celebro. Pensaba que qué quedrían, si me iban a querer asustar con que la multa era cara y que si me arreglaba con ellos me iban a hacer descuento. Seguro, pa´que me animara, me la iban hacer cansada pa´que pasara más tiempo y que no juéramos a llegar a la graduación. Porque, ni modos que me dijieran que era carro robado, eso sí que no, lo compré de agencia y anque lo pagué en tres años, era mío y de nadien más y, no tarían tan campantes esperándome, sino con las pistolas apuntando, como si yo juera delincuente, digo. ¿Y si me pedían dinero?, ¿cuánto taba yo dispuesto a darles? ¡Ni madres!… No les iba a dar ni un pinchi quinto partido por la mitán si se ponían en ese plan. Cuando llegué hasta onde taban me dijo el que le dí mis papeles: “– Aquí mi comandante quiere hablar con usted”. Que lo arriendo a ver, era más grandulón que el primero, y que me dice: ¿Qué tal sintió ir a más de 130? ¿Qué tal jala su carrito? ¿No le dio miedo que pudiera tener un accidente?” Tonces le contesté: –¿Miedo?, para nada, más miedo me dio ver a tantos coches que nos rebasaban y nos rebasaban que, esos sí, iban como alma que lleva el diablo. Y a ellos no los paran. De jalar, mi Forcito jala y jala muy bien, si yo viera querido no me rebasaría ninguno de los que nos rebasaron. Iyendo a 130 tengo que irlo frenando porque, hasta se siente cómo el motor pide que le meta más velocidá, pero, ¿pa qué? Si no son carreras. –“¿Cuánto tiempo lleva con este coche?” –preguntó– “Todo el tiempo. Lo compré nuevito en la agencia” –Le contesté– segurísimo de lo que decía por si taba pensando que era robado. Se me quedó mirando, como tratando de saber si taba yo hablando en serio o echando mentiras. A luego, caminó al ruedo del coche, le pasó la mano por la salpicadera, como acariciándolo, regresó conmigo y me dijo: –– “Lo tiene bien cuidadito, ¿eh?, ¿no lo vende?. Como si me ´biera picado la cresta, le contesté más que rápido: “¡Ni madres! ¡Eso nunca!”. Lo primero que pensé jue que me querían chingar, me iban a presionar con lo de la multa y quedrían negociar que se los vendiera a precio de regalo. Seguramente se dieron cuenta, ellos y mi Puchunga, de que me encabroné porque, jue evidente que me salió lo que a luego dicen, lo julk. Mi Púchun, con el seño fruncido, cara de pocos amigos y con un paraguas cerrado en la mano se acercó, quedó a unos pasos de onde tábamos pa´ oir lo que paticábamos y el motivo de mi encabronamiento. El comandante, con mis documentos en la mano, sonrió y me dijo: –“Le pregunto si lo vende porque mi papá tuvo uno exactamente como éste auto cuando yo era niño. Del mismo modelo y casi del mismo color. Los domingos nos sacaba a pasear y, aunque después lo vendió para comprarse otro más nuevo, nunca dejó de extrañarlo. Hasta la fecha sigue diciendo que no ha vuelto a tener un carro como aquél. Cuando lo vi pasar, me acordé luego luego del de mi papá. Por eso le pregunté qué tal corre y qué tal se siente manejarlo. La verdad, me gustaría conseguirle uno para regalárselo. ¿De veras no me lo vendería? ¡Ah!, por cierto, aquí tiene sus documentos, vayan con cuidado y, piénselo. No se lo quiero comprar barato ni aprovecharme. Si algún día decide venderlo, aquí tiene mi número. Para mi papá sería como volver a encontrarse con una parte de su vida.”. Me dio un papelito con su teléfono. Y me dijo “ Ojalá se anime y, si se le ofrece algo en el camino, ya tiene mi número, estamos para servirles. Vayan con cuidado. Después de oir todo aquello, miré que mi Púchun se relajó. Nos metimos al coche y nos jalamos de nuez. Ambos dos nos quedamos calladitos. Lo que nos imaginábamos iba a ser un gran croblema terminó con una oferta de compra de mi Forcito. Jue ella quien rompió el silencio, me dijo:–“ Oye Chimi, ¿Y si lo vendes y nos compramos uno nuevo, uno eléctrico o uno híbrido? Dicen que no están tan caros, que se ahorra mucha gasolina y que tienen cámaras y sensores por todos lados. Le hubieras preguntado cuánto te daba por el coche”. No le contesté, tantito porque me sonó a reclamo y tantito porque, como si ´biera oyido todo mi Forcito, sentí el motor más mejor que nunca. Era una bajada en recta, larga, tan larga que aunque íbamos por el carril de alta a 130 kilómetros por hora, pareciera que no avanzábamos. En eso, miré que atrás de mí una camioneta se acercaba y me echaba las luces pa´ que me hiciera a un lado. Yo, en lugar de eso, le pisé al acelerador, llegué a 150 y en un santiamén lo dejé atrás, él le volvió a pisar tambor para alcanzarme. Yo hice lo mismo: 170 y como si nada mi cochecito. Lo volví a dejar atrás, en eso, comencé a sentir que el volante me jalaba un poco a la derecha. Mejor le bajé, el julano de la camioneta, al momento de rebasarnos, me arriendó a ver, alevantó su pescuezo, hizo una sonrisa burlona y se siguió de frente. Yo, seguí sintiendo que el volante se jalaba a la derecha, bajé la velocidá. La pesantés del volante se sentía más y más cada que avanzábamos, tanto que, busqué un lugar un poco amplio y me orillé a la orilla. Me bajé a revisar qué pasaba y… ¡oh mi sospresa! La llanta de alelante del lado derecho se taba bajando, como si se viera ponchado… ¡uh tamales! Clarito escuché cómo, por una de las cuartiaduras de la llanta que me dijo don Rodolfo que ya taban resecas y caducadas las cuatro, se oyía un chisguetito de aigre que se taba saliendo. Asina ni pa echarle aigre con mi bombita que casi siempre sé llevar. Tendría que cambiarla y ponerle la refatción. Me iba a tocar talacha y ni modos: a bajar maletas pa dejar libre la cajuela y poder sacar la llanta de repuesto. Cuando busqué el gato y la llave de cruz, ¡no los encontré!. En eso, se bajó mi Púchun con la cara compungida y me dijo: –“Híjoles Chimi, ¿qué crees? Ahorita me estoy acordando que antier, fue doña Catita, la de la tienda, me pidió el gato y la llave esa, que era para cambiar una llanta ponchada del carro de su sobrino, quedó en regresarla luego, seguramente se le olvidó… y a mí también”. Ya no sabía yo si llorar o encabronarme y… ´ándales, or sí me rete colgué, áhi nos pa´l´otra, graciotas.
