CUANDO EL BERRINCHE EXPLOTA… ¿QUÉ HACER?-DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

CUANDO EL BERRINCHE EXPLOTA… ¿QUÉ HACER?.– Hay escenas que casi todos hemos visto alguna vez: un niño en la tienda, en la calle o en casa que de pronto grita, llora, patea, se tira al piso, arquea el cuerpo, se golpea la cabeza o parece inconsolable. Algunas veces, del coraje, hasta terminan vomitando o contienen la respiración por unos segundos. En ese momento muchas mamás, papás o abuelos sienten que todas las miradas están sobre ellos y aparece la pregunta inevitable: “¿Qué hago?” Lo primero es entender algo importante: los berrinches forman parte del desarrollo normal de muchos niños, especialmente entre el año y medio y los cuatro o cinco años de edad. A esa edad las emociones son enormes, intensas y rápidas, pero el cerebro todavía está aprendiendo a controlarlas. El niño siente enojo, frustración, cansancio o hambre, pero aún no sabe explicar lo que siente ni tranquilizarse por sí mismo. Muchas veces el berrinche no empieza donde explota. Puede comenzar varias horas antes. Un niño cansado, con sueño, hambre, exceso de pantallas, demasiados estímulos, cambios en su rutina o tensión familiar tiene muchas más probabilidades de hacer una rabieta. A veces el problema no empezó en la tienda; empezó desde la mañana con un pequeño agotado o sobreestimulado. Y aquí viene algo importante: prevenir funciona más que corregir. Dormir bien, mantener horarios regulares para comer, limitar pantallas y evitar jornadas interminables de cansancio ayuda muchísimo. Hay niños que parecen “malcriados” cuando en realidad están saturados física o emocionalmente. Cuando el berrinche inicia, el primer reto es para el adulto: conservar la calma. Sé que decirlo es más fácil que hacerlo. Pero un adulto que grita, amenaza o pierde el control suele echar más leña al fuego. En plena explosión emocional el cerebro infantil funciona más con emociones que con razonamientos. Explicar, regañar o dar sermones en ese instante rara vez funciona. Tampoco suele ser buena idea negociar a mitad de la tormenta ni entregar el celular para apagar el incendio rápidamente. Puede resolver el problema de ese momento, pero el niño aprende algo peligroso: que el berrinche sirve para obtener lo que quiere. Si el pequeño se tira al piso o se golpea, lo importante es evitar lesiones. Retire objetos peligrosos, manténgase cerca y procure hablar poco. A veces menos palabras ayudan más. Algunos niños necesitan espacio; otros solo necesitan sentir que un adulto permanece cerca sin abandonarlos. Cuando el momento más intenso pasa y el niño empieza a tranquilizarse, entonces sí llega la oportunidad de enseñar. Es el momento de abrazar, explicar y poner límites claros. Algo sencillo como: “Sé que estabas muy enojado, pero no podemos golpear ni gritar”. Los niños aprenden más del ejemplo que de los discursos. Pero también hay señales de alerta: berrinches muchas veces al día, episodios extremadamente prolongados, agresiones severas, lesiones frecuentes, pérdida del conocimiento, retraso del lenguaje, dificultad para relacionarse o problemas persistentes de conducta. No todos los berrinches son iguales y algunos merecen valoración. Educar no consiste en ganar una batalla ni demostrar quién manda más. Consiste en enseñar a un niño pequeño a reconocer emociones que ni siquiera entiende todavía. Recuerde: detrás de muchos berrinches no hay un niño malo… hay un niño con sentimientos demasiado grandes para su edad.

DON CHIMINO.- ¿Recuerdan que mi compadre Chón cuando jue la pandemia del Covicho se puso muy mal y ´tuvo a punto de que se lo llevara Patas de Cabra? Bueno, pues dende entonces comenzó con algunos croblemas con su salú: le cayó l´azúcar, se le subió la impresión y en veces le agarra tos como de perro resfriado. Nunca se me olvida que, en ese entonces, me llamó chillando mi comadre Choforita pa´decirme que le cayó el pinchi virus ese, que lo miraba muy grave y casi no podía resollar, que parecía pescado tirado en la atrena de la playa en plena resolana pero, que él no quería ir al hospital, tampoco quería que lo mirara ningún doptor, que no tomaría ninguna medecina, que ya se ´bía resignado a irse al otro mundo. A pesar del miedo a contagiarme me vi obligado ir a verlo pa´decirle que le echara ganas, que agún taba joven, que no perdiera la esperanza, que pobre de su vieja que la iba a dejar viuda tando agún tan joven ella. Casi le llore dende ajuera del cuarto onde taba encerrado, era el cuarto de hasta atrás de su cantón, ya no recibía agua ni comida, se abandonó a su suerte, adivinar por qué. Lo que sí, dijo que él no iba al hospital ni anque lo llevaran a rastras, que si se iba a petatiar, que juera en su cama, en su propio cantón. Nunca se me olvida la tosidera que tenía, se oyía como si juera a arrojar los bofes de tantísima tos. Lo bueno jue que al final acectó comer, tomar agua, su medecina.. y la libró. Su vida le cambió, jue como si volviera a nacer, y asina lo entendió porque, se puso a estudiar, a leer hartos libros, a ilustarse y después de que hablaba pior que yo, ora me anda corrigiendo cuando digo “juistes”, “vinistes”, “trajistes”, “ahiga sido como ahiga sido”, “véngamos”, “váyamos”. Ya ora habla refinado y se cuida de su salú. Bajó su panza de pulquero-caguamero porque dejó el refresco, las fritangas y sus comilonas nopturnas de tacos al pastor, de tripa, de cecina, de chorizo, de cabeza de res, de carnitas, comía tacos a lo cabrón, cuando no a una seiba a otra taquería, se echaba hasta cinco órdenes. Me consta porque él era de los pocos que me hacían competencia pa´comer tacos. Almiro su juerza de voluntá porque no solo cuida lo que come, sino que tambor todas las mañanas cuando apenitas amanece, sale a caminar por las calles al ruedo de su coloña. Antes se echaba sus caguamas los fines de semana y en veces una que otra cheve pa´comer, bueno, tambor las dejó de tomar, ora solo mezcal. Dice que las aguas de las verdes matas no le suben la impresión ni l´azúcar, que lo tiene comprobado. Primero se compró un reloj, que a la hora que sea le dice si la tiene baja o alta la impresión, comprobó que cuando comía hartas semillitas de calabaza o cacaguates salados áhi sí se le iba p´arriba. Ora come semillitas peladas o sin sal. Los cacaguates salados prifiere no comerlos o si tienen sal, les quita la sal con una servilleta medio mojada. Dende luego, toma sus medecinas y ya se le ha controlado. Lo que sí, su azúcar nomás nones que la controlaba a pesar de llevar dieta sana. Se compró el aparatito que traye cintas y que se le echa una gota de sangre después de pincharse el dedo y todas las mañanas, en ayunas, se la medía y anque no siempre salía completamente normal, no se iba arriba de 120. Su doptor le dijo que ójala no le subiera más, que si asina se mantenía, se iba a morir de otra cosa pero no de diabetis. Pero, a pesar de eso, cada que se hacía análises le salía más alta la hemoglubina glucosiquiada o glucosiliada o algo asina y según me dijo, es una prueba que no dice cuánto traye de azúcar ese día sino que saca los trapitos al sol y cuenta todas las marranadas que se tragó en los últimos tres meses. La semana pasada me llamó pa invitarme un mezcalito que ´bía tráido de Amojileca, que taba muy bueno y, ni modos de no acectar, asina que jui. Antes echábamos cheve y mezcal, mínino tres baquitas paridas y botaníabamos papitas, churritos, chicharrones de bolsa, chetos y cuanta madre que supiera sabroso con salsa botanera, hasta totopos. Esta vez que jui no sacó nada de eso, ora sacó queso fresco, nueces, pistaches, cacaguates naturales, aceitunas con galletas de centeno, muy tronadoras por cierto. Ya llevábamos tres caballitos cad´uno, en eso, que suena una alarma dél. De su pantalón sacó uh aparatito, como si juera un control de portón eléptrico, le apachurró un botón y dejó de sonar. Se lo acercó a su brazo del otro lado, se oyó un pitido y me enseñó que en la pantallita del aparato marcaba 150, y me dijo: –“Compadre, te presumo mi nuevo juguetito”. Al mismo tiempo se descubrió su brazo, me enseñó una como corcholata o botón de robot que traiba pegado al pellejo de su brazo y, muy correpto y formal me dijo: –“Es un monitor contínuo de glucosa, puedo saber cómo está a toda hora, no solo en ayunas. Me estaba engañando yo mismo pensando que si en ayunas salía controlado todo iría bien pero, he podido comprobar que el problema son los picos de glucosa. Sin darme cuenta se iba hasta 400 después del desayuno y de la comida y ya en la madrugada bajaba. Empecé a monitorear lo que comía, cuánto y a qué hora. Me percaté que la fruta, el queso de cincho y las tortillas que me hace tu comadre me provocan picos altos. Llevo una semana que lo traigo puesto y ya no he vuelto a tener picos muy altos. Lástima porque me encanta la sandía, la papaya, los mangos, las guayabas y no se diga las ciruelas, piensa uno que por ser fruta natural no afecta, pero sí… y mucho. ¿Y tú compadre, cómo andas de tu glucosa?” A punto de contestarle me di cuenta que ya se acabó el espacio, asina que, áhi pa l´otra les sigo paticando, ¡báytelas!