«Entre calendarios y aprendizajes: Lo que realmente importa al cerrar el ciclo escolar»

Por: Alejandra Salgado Romero

““La educación es un derecho que hace posibles otros derechos.”
UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura)

En México, el cierre del ciclo escolar nunca es solamente una fecha en el calendario. Es el momento en que convergen los esfuerzos de millones de estudiantes, madres y padres de familia, docentes, directivos y trabajadores de la educación que sostienen, todos los días, uno de los sistemas educativos más grandes del mundo. La reciente controversia generada en torno a un posible ajuste al calendario escolar 2025-2026, -que finalmente no será aplicado-, abrió un debate nacional que va mucho más allá de adelantar o no unas semanas el fin de cursos. La discusión reveló algo mucho más profundo: la necesidad urgente de repensar el sentido del cierre del ciclo escolar y, sobre todo, de revisar qué tan centrada está nuestra política educativa en el aprendizaje y no únicamente en el cumplimiento administrativo.

La Secretaría de Educación Pública confirmó recientemente que el calendario escolar se mantendrá conforme a lo establecido oficialmente y que el ciclo concluirá el 15 de julio de 2026, después de la polémica provocada por la propuesta de modificarlo anticipadamente. La reacción social fue inmediata: hubo voces a favor y en contra, posicionamientos sindicales, críticas de madres y padres de familia, análisis mediáticos y un intenso debate público sobre la pertinencia de alterar los tiempos escolares; sin embargo, quizá el aspecto más valioso de esta discusión es que obligó al país a mirar nuevamente hacia sus escuelas.

México cuenta con más de 231 mil planteles de educación básica, donde estudian más de 23 millones de niñas, niños y adolescentes, atendidos por alrededor de 1 millón 231 mil docentes. Detrás de esas cifras existen comunidades enteras que encuentran en la escuela no sólo un espacio académico, sino también un lugar de convivencia, protección, alimentación emocional, construcción de ciudadanía y formación en valores. Por eso, reducir el debate educativo únicamente al número de días efectivos de clase, sería un error.

La escuela mexicana no puede medirse solamente por calendarios, formatos o cargas burocráticas. La verdadera discusión debería centrarse en la calidad de las experiencias educativas que viven las y los estudiantes durante el cierre del ciclo escolar. Durante años, el final de cursos quedó atrapado en dinámicas profundamente administrativas: captura de calificaciones, entrega de documentos, reportes, estadísticas, procesos de cierre y cumplimiento normativo. Todo ello es necesario para el funcionamiento institucional, pero muchas veces termina desplazando lo esencial: el acompañamiento pedagógico y humano del alumnado. En ese sentido, uno de los pilares más importantes de la Nueva Escuela Mexicana cobra hoy una enorme relevancia: la transformación de la evaluación.

La Nueva Escuela Mexicana plantea que evaluar no debe reducirse a asignar una calificación numérica, sino a comprender procesos de aprendizaje, reconocer contextos, valorar avances individuales y fortalecer trayectorias educativas. Se trata de una visión más formativa, más humanista y menos punitiva de la educación… justamente el cierre del ciclo escolar debería convertirse en el momento ideal para concretar esa visión. Más que semanas dedicadas exclusivamente al cumplimiento administrativo, el final del año lectivo tendría que fortalecerse con actividades académicas integradoras, proyectos comunitarios, ejercicios culturales, reflexiones colectivas, recuperación emocional de aprendizajes y acciones que permitan al alumnado reconocer lo que aprendió, cómo lo aprendió y para qué le servirá en su vida cotidiana. Porque la educación no termina cuando se entrega una boleta.

Paulo Freire, uno de los pedagogos más influyentes del Siglo XX, sostenía que “la educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Esa frase cobra especial vigencia en el México actual, donde las escuelas continúan enfrentando enormes desafíos derivados del rezago educativo, las desigualdades sociales, la violencia comunitaria y las transformaciones tecnológicas. A pesar de ello, miles de maestras y maestros sostienen diariamente el tejido educativo nacional con una labor que frecuentemente rebasa lo académico. En numerosas regiones del país, las y los docentes son también orientadores/as, mediadores comunitarios, acompañantes emocionales y promotores culturales. La escuela pública mexicana sigue siendo, para millones de familias, el principal espacio de cohesión social. Por eso resulta indispensable reconocer al magisterio y a las comunidades escolares en este momento histórico.

La discusión reciente sobre el calendario evidenció también una realidad que no puede ignorarse: la sociedad mexicana sí considera importante a la educación. Las reacciones fueron intensas precisamente porque la escuela ocupa un lugar central en la vida nacional. Y eso es lo que debe celebrarse. En tiempos donde la polarización domina gran parte del debate público, pocas instituciones logran todavía generar consensos tan amplios como la escuela. Aun con críticas, carencias y pendientes históricos, la educación pública continúa siendo una de las estructuras más sólidas del Estado mexicano.

La filósofa y especialista en educación Sylvia Schmelkes ha insistido durante años en que la calidad educativa no puede desvincularse de la justicia social y del reconocimiento de las desigualdades existentes en el país. Pensar el cierre del ciclo escolar desde esa perspectiva implica comprender que no todos los y las estudiantes viven las mismas condiciones de aprendizaje y que, por tanto, las estrategias de evaluación y acompañamiento deben ser más sensibles y contextualizadas.


Cerrar adecuadamente un ciclo escolar también significa reconocer emocionalmente el esfuerzo realizado. Cada ceremonia de clausura, cada festival, cada entrega de documentos y cada despedida representan historias de superación personal y colectiva. Detrás de cada generación que concluye un grado escolar hay familias enteras sosteniendo sueños, sacrificios económicos y expectativas de movilidad social.


México necesita seguir fortaleciendo su política educativa, sí. Necesita revisar procesos administrativos, mejorar infraestructura, ampliar recursos tecnológicos y reducir cargas burocráticas. También requiere abrir debates serios sobre pertinencia curricular, formación docente y evaluación educativa. Pero ninguna reforma tendrá sentido si pierde de vista lo más importante: la escuela sigue siendo el corazón social del país.


La reciente polémica sobre el calendario escolar quizá deje una lección positiva: la educación debe analizarse desde una perspectiva integral y humana, no solamente operativa. Porque mientras en las oficinas se discuten fechas, acuerdos y disposiciones, en las aulas millones de maestras y maestros continúan formando ciudadanía, enseñando valores, despertando vocaciones y construyendo futuro.


Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.