Por: Rafael Domínguez Rueda
Pasado mañana -15 de mayo- se celebra el Día del Maestro. A mí en lo particular me reconforta recibir tres o cuatro felicitaciones de quienes fueron mis alumnos hace 65 años y, a la vez, congratularme con los dos de mis maestros que me quedan: José Rodríguez Salgado y Margarito López Ramírez.
Sin embargo, no puedo dejar de sentir una profunda angustia frente a la decadencia de los pedagogos, frente a lo decadente de los profesionistas y frente a la insuficiencia -en general- de los profesores. Y no estoy exagerando. No vamos muy lejos. La presidente con a, se dice científica, pero es evidente su incapacidad para gobernar, falta de narrativa, de reacción tardía y comunicación peor.
Como maestro, como auditor y como parte de la estructura administrativa, me he dado cuenta que la Secretaria de Educación Pública ha tenido en la Historia de México el papel triste y desarrapado de una pobre cenicienta, de lo que se han valido los profesores para asediarla.
El papel de los maestros es definitivamente social, entonces yo les preguntaría ¿es que el profesor desconoce su misión, de que él puede transformar las estructuras, de que él debe crear en la conciencia de los niños, los adolescentes, los jóvenes el sentido revolucionario que le dé a los movimientos de Flores Magón y de Zapata, la realidad social que perdió en la lucha de los caudillos?
Se ha dado cuenta, el maestro, de que, si en el pasado eran el sacerdote y el médico quienes formaban como orfebres maravillosos la conciencia del pueblo, ahora debe ser el maestro mismo. De seguro no, porque el profesor no ha aspirado, no se ha empeñado a ser maestro. Y es que todo profesor debe aspirar a ser maestro.
Por maestro entiendo al orientador no sólo de niños, sino cumpliendo el triángulo fundamental de la educación, el orientador de los hogares, de la escuela, de la calle, del medio ambiental. No podemos separar -y en México siempre se han separado- estos tres elementos: el hogar, la escuela y la calle.
Porque solamente de este modo podrá hablarse de educación y no solamente de instrucción. Instructores puede haber muchos y puede ser cualquiera; maestro es aquel que entrega su alma, pedazos de su propia alma, crear la estatua de una humanidad mejor, más justa, más bella, más humana.
Ser maestro es vivir en apostolado, es decir, sentir pasión por la enseñanza. Un profesor apasionado puede transformar una clase aburrida en algo interesante, con innovación y creatividad, creando un entorno donde los alumnos se sientan valorados al reconocer sus logros, estimulándolos a cuestionar, analizar y reflexionar sobre lo que aprenden.
El maestro debe ser forjador de almas, no simplemente de profesiones u oficios; por eso yo también les digo que siento una gran angustia cuando veo que muchos estudiantes toman la Normal como un trampolín para saltar a la política o como taxistas que les satisfaga el afán de lucro. Insisto, el maestro decía José Martí: “es un forjador de almas, un sembrador de ideas, un arquitecto de corazones». Esa debe ser la divisa, la guía de todo maestro
México está viviendo una enorme crisis de valores, derivada de nuestro fenómeno cultural. Nuestra categoría de pueblo colonial, de pueblo semifeudal, de pueblo esclavizado, de pueblo de narcos, sin independencia, porque la independencia, se perdió en las manos prestigitadoras de Iturbide, pues como todos sabemos, quedaron las mismas desigualdades de carácter económico, de carácter cultural y no se diga de carácter social.
Esta categoría de pueblo colonial ha sido como un estigma que desde aquella época no hemos podido extirpar: la corrupción, con la que no podrá acabar ni Dios Padre. La mediocridad, pues nos conformamos en decir: «El gobierno hace como que nos paga y nosotros hacemos como que trabajamos”. Y agachones, pues nada más hablamos y criticamos, pero toleramos lo que no debiera consentir; guardamos silencio, nos sometemos y resignamos; una actitud, come decía don Cuco, de «agacholandia».
Admitan ustedes, maestras y maestros, mi más cordial felicitación por el Día del Maestro. Yo quiero oír en la voz de los maestros el anuncio de un nuevo y comprometido magisterio, de una nueva y dinámica pedagogía, de una revolución auténtica que no se preocupe ya tanto por el cómo se enseña, sino que se preocupe por el qué se enseña y para qué: ¡Sobre todo para qué se enseña!
El arquitecto del Universo nos hizo libres para vivir en la verdad. La verdad se opone a la mentira, a la manipulación, a la ideología, Hay quienes les encanta vivir en la mentira, en el engaño, porque obtienen ganancias, pero eso se llama; robar. Desgraciadamente en nuestros días nos arrastran muchos problemas: salud, economía inseguridad, educación sobre todo… y recalco, sobre todo ésta, porque la mayoría de los profesores son analfabetos de la cultura. Y si no se presta atención a la educación, el ser humano se estanca, retrocede, asesina sus capacidades… Quien tenga oídos, no nada más que oiga…
