Por: José I. Delgado Bahena

Como cada viernes, deambulo por los únicos antros decentes que hay en esta ciudad hundida en el desierto de las costumbres.

“Si tú piensas que me has roto la maceta, / no te preocupes, ya me acostumbré a regarla. / Y ya te me estabas pasando de verde, / mañana te secas, yo me consigo otra planta…”, entona el grupo de moda en este lugar que elegí para disimular el miedo de regresar a casa como perro en barrio ajeno.

Es increíble: apenas ayer, jueves, conocí a Perla, y rápido se me clavó hasta en las axilas.

“Pero que sea desértica, desértica, ¡oh, sí!”, siguen los chamacos tratando de convencerme de que los oiga. La mesera me trae la chela que le pedí y me regresa el sabor de Perla, el olor de Perla, la inmadurez de Perla. No cabe duda: era una perra inmadura, pero era buena hembra. Si la hubiera conocido antes le habría regalado mi colección de películas de La Doña, o le habría pedido que me dejara hacerle un par de chamacos, bien macizos para que aguantaran los ganchos de la vida.


“Así, si la riego no, no me preocupo, porque va estar muy bien; / así, si la riego no, ya no me apuro como la regué contigo”.


Me late: Perla era la buena. Veinticuatro horas son un montón de minutos. Pues sí, ya es algo de tiempo y hasta sobran para reconocer que tenía lo suyo “en el lugar preciso”, como dice Sabines.


No sé ni qué hago aquí, oyendo los dobles sentidos de esta canción que entonan los chavos: “Y que un solo jardinero recoja el fruto/ no como tú que ya estabas recogida/ y si es que otro se anima/ pues buena suerte/ a ver si no se espina”, tal vez porque quiero olvidar lo que hice en la mañana…

No cabe duda, ayer fue un día increíble: bueno y malo. Encontré, en Perla, un lago dulce para refrescar mis penas; pero con el inconveniente de que era casada. Pero, bueno, ¿quién me manda meterme al cine solo, a ver un churro cursi y rudo, y sentarme cerca de ella, sola también, nomás porque se reía a carcajadas de las tonterías de los hermanos futbolistas?

Luego, pues, ella me dijo: “No te apures, mi marido anda en sus viajes”.


Nomás por eso la seguí, nomás por eso me metí entre sus muslos como lobo hambriento, nomás por eso se me cayó el teatrito de conquistador y terminé lamiendo el sudor salado que le escurría por el cuello, en aquel cuartucho del hotel barato al que fuimos, sin aire acondicionado o un ventilador, al menos.

“Y te pareces tanto, amor, a una enredadera/ en cualquier tronco te atoras y le das vueltas/ con tus ramitas que se enredan donde quiera/ y entre tanto ramerío ya te apodamos la ramera”.


Y también nomás por eso se me ocurrió pedirle que me dejara quedarme en su casa, “al fin él anda en sus viajes”, le recordé. Y ella, la perra, con la misma carcajada del cine, aceptó. Pero no me aclaró qué tipo de viajes. Al rato llegó el marido, todo drogado (ni cómo hacerlo entrar en razón, ni cómo explicarle que su vieja me había dado entrada), me insultó y fue a la cocina por un cuchillo; pero no imaginó que yo lo esperaba con mi “veintidós” y lo mandé al mejor de los viajes, al del más allá, por Perla, por esa hembra que bien valió los dos plomazos que le di a su güey, y el que le di a ella, aunque fuera, como dice la letra que cantan los chavos: solo una ramera que se parece a una enredadera.