-Segunda parte-
Por: Álvaro Venegas Sánchez
Antes, durante y después de marzo, mes de actividades conmemorativas, fluyeron y continúan fluyendo comentarios muy íntimos sobre la escuela: espléndidas inspiraciones poéticas y musicales y narrativas nostálgicas de la época estudiantil de parte de los que ahora están en servicio. También proliferan exaltaciones políticas y hay algunos posicionamientos que, vale decirlo, exageran el papel de la institución cuya misión ha sido, es y debe ser la formación de docentes; no es un campamento o centro de adiestramiento para la lucha social.
Al egresar, los jóvenes maestros procuran abrazar y ejercer su profesión y poco a poco buscan otras formas de participación y realización personal; ésta no necesariamente es o tiene ser la militancia política. Si fuera así luchadores sociales habría en abundancia. Por demás, las causas sociales no son producto del gusto o capricho; las condiciones objetivas determinan la necesidad y viabilidad de un movimiento. Por tanto, ímpetu y romanticismo de la juventud son comprensibles. La realidad misma contradice la idea de que todo egresado de Ayotzinapa es un agitador en potencia.
Ejemplo: Lucio Cabañas egresó en 1963 y en 1967, cuando la represión y el autoritarismo le cerraron vías de participación pacífica tuvo que asumir la lucha armada, eso explica en el Ideario del Partido de los Pobres; pero fue pueblo, hizo pueblo y luchó por el pueblo. Según los estudiantes protesta y movilización cuasi permanente son necesarias para defender y contener “la acometida sistemática de gobiernos de todos los colores para desparecer las normales rurales”. Es opinión sin sustento. La embestida en tal sentido ocurrió en la década de los 70 y en el último atropello, gobiernos del PRI, desaparecieron la Normal del Mexe, Hidalgo. López Obrador autorizó la reapertura.
Otros datos para recordar. AMLO desapareció la SSP (que había encabezado García Luna) y creó la Guardia Nacional, desapareció el EMP (3 000 miembros para la seguridad del presidente), sacó a la DEA, combatió el huachicol, quitó el monopolio de las farmacéuticas, canceló el proyecto de construcción del aeropuerto y construyó el Parque Ecológico, etcétera; pero nunca siquiera insinuó desaparecer el resto de las escuelas normales rurales. Planteó transformarlas debido a denuncias recibidas. Entre tantas, la muerte ocurrida en una de ellas: un estudiante perdió la vida merced a “las pruebas de adaptación” impuestas por los mismos estudiantes a los de nuevo ingreso.
Al terminar la carrera e ingresar al servicio afortunadamente el encuentro con la realidad impacta, hace crecer y propicia cambios, positivos la mayoría, en la forma de ser y pensar de las personas.
Con sorpresa agradable, el 9 marzo en el contexto de festejos del Centenario, leí en La Jornada, comentarios esperanzadores de egresados de las generaciones 1993-97, 2001-2005 y 2013-2017, gracias a preguntas del corresponsal en Tixtla, Sergio Ocampo Arista. Al margen del discurso que conservan y denota ideales revolucionarios, al no olvidar su origen humilde, provenir de comunidades y trabajar ahora también en comunidades aisladas, importante es que expresaran que la sociedad necesita maestros preparados y con visión de futuro; y lo mejor: “normales rurales como Aytotzinapa, no deben desaparecer, se deben TRANSFORMAR y ADAPTAR a nuestro tiempo”.
Excelente que el aniversario 100 haya brindado oportunidad de exponer lo que la escuela Normal es y ha sido. Debe plantearse ahora cómo debe o debiera ser en adelante; qué requiere y necesita con urgencia del exterior (autoridades) y del interior (comunidad educativa).
Todo a partir de reconocer que no estamos en las circunstancias del México rural y analfabeto que tuvieron que atender José Vasconcelos, Rafael Ramírez y otros que llevaron la educación a lugares altamente marginados sin esperar hubiera primero edificios escolares equipados y con todos los servicios.
Exigencias y protestas deben acompañarse de propuestas de transformación educativa; justo como desean exalumnos de generaciones recientes, en plena coincidencia con egresados de generaciones de maestros ya en retiro a quienes lastima el adjetivo “ayotzinapos”.
Y al salir de Normal, lo menos que debe mostrarse es congruencia para moldear caracteres y dotar a los alumnos de herramientas sólidas y confiables para la vida; porque maestros que no entienden la responsabilidad que tienen ante el grupo de niñas y niños que cada año reciben en las aulas y sólo culpan a los padres de familia y a las autoridades, entiendan o no, contribuyen al fracaso social.
Iguala, Gro., abril 20 de 2026
