—La «Semana Santa» de antaño

Por: Rafael Domínguez Rueda

Los números no fallan y las evidencias son elocuentes y éstas muestran que, no sólo en Iguala, sino en general, en todo México ha descendido el número de los que profesan la religión católica.


Hace poco más de cincuenta años que el 98% de los mexicanos se declaraban católicos, apostólicos y romanos. Pero, por los gobiernos populistas, como el de Luis Echeverría, la invasión de costumbres anglosajonas, y la tecnología, vinieron a acabar con las costumbres y reducir las viejas tradiciones.


Anteriormente el alborozado júbilo del Carnaval le abría la puerta a la alegría profana. Había bailes de disfraces, divertidas kermés, desfile de vistosos carros alegóricos, combates de flores y cascarones llenos de confeti para quebrárselos en la cabeza de los desprevenidos. En Iguala eran cinco tarde-noches de diversión alegre,


Llegaba luego el miércoles de Ceniza. Hombres, mujeres y hasta niños acudían al templo de San Francisco de Asís, pues era la única iglesia donde había sacerdotes que imponían en la frente la señal de la cruz, recordándoles, al mismo tiempo que, «polvos somos y en polvo nos convertiremos”.

Con este rito empezaba la cuaresma: periodo de 40 días que comienza el miércoles de Ceniza y termina al atardecer del Jueves Santo. Durante este tiempo, en los templos las imágenes eran cubiertas con telas moradas y en las casas los grandes espejos y los cuadros con imágenes sagradas, también eran cubiertos con lienzos morados.


Durante los 40 días, los creyentes se imponían sacrificios y mortificaciones. No se iba al cine ni se escuchaba el radio y los viernes se abstenía uno de comer carne.


Desde hace tiempo ya ni siquiera se le llama Semana Santa. Unos le dicen Semana Mayor, cuando ni excede ni en horas ni en días, a las demás. Otros la conocen como Vacaciones de Primavera, pues la SEP, hace coincidir las vacaciones con la Semana Santa


Todos los días de esta Semana tenían un significado propio y se solemnizaban en mil formas. En Iguala, al igual que en Iztapalapa y Taxco, la celebración se lleva a cabo con representaciones.


Desde siempre el igualteco ha gustado de la representación escénica, espectacular, masiva; aquella que le permita participar, integrarse a la trama.
Expresión típica y cabal de esta predilección es la escenificación de los Pasajes de la Pasión de Jesús en Iguala, donde la comunidad entera se transforma en elenco y el atrio es el gran escenario.


En lo personal, llegué a salir de apóstol y de Santo Varón y sé lo que se siente caminar durante tres horas descalzo sobre el piso ardiendo. He auxiliado como ayudante a un «agachado»; termina uno exhausto, pero feliz. Durante cuatro horas permanecí bajo la túnica de Padre Jesús, con el único fin de manipular el mecanismo que permite a la imagen realizar las Tres Caídas.


Lo insólito de la representación estriba en que todos los habitantes que acuden representan un personaje: soldado, pretor, Judas, María, músico, cargador, o simple muchedumbre: todos dentro de la Pasión.


Seis días Iguala vive el drama de la Crucifixión. Son pues, las procesiones y las representaciones el más acabado testimonio de la tradición escénica popular de los igualtecos.


La Semana empieza el Domingo de Ramos con la procesión de las Palmas que va de la capilla de San Pedro al templo parroquial. El lunes, la procesión la preside la Virgen de la Palmita y la protagonizan las Hijas de María. El martes, encorvada la espalda y cubierto el rostro bajo el negro soyal de ixtle que garantiza el anonimato, los hombres y en ocasiones también mujeres de la Hermandad de San Nicolás, reviven cada año la milenaria tradición de «Los Agachados» «El miércoles, la imagen de Padre Jesús atraía a una multitud, principalmente de hombres, a tal grado que casi se unía el fronte de la procesión con el final


El Jueves y Viernes son los días grandes. Sin embargo, ya las procesiones no son multitudinarias. No existe la bella ceremonia del pésame a la Virgen, ni la llamada visita a las 7 casas y la quema de Judas ha desaparecido.

En los hogares y menos en los restaurantes, ya casi no se cocinan las delicias de la temporada cuaresmal, desde el caldo de habas o de lentejas, hasta los postres de torrejas y capirotada, pasando por las tortas de papa o camarón, o los deliciosos huazontles y todo aquello que preparaban nuestras madres.


Nada de eso se ve ya. Desde luego, no se trata de pedir el regreso de aquellos días idos para siempre. Se trata sólo de evocar con una íntima tristeza tradicional, aquellos días cuando el Viernes Santo, a las 3 de la tarde, quedaba todo quieto, inmóvil, en silencio, en solemne rememoración del Mártir del Golgota.


A propósito de evocación, no puedo, olvidar la noche del miércoles santo de 1957. Poco después de las 10 de la noche, por el descuido de una persona que caminaba en la procesión, acercó su vela a las hojas secas, provocando que se incendiara y las llamas rápidamente envolvieran al tradicional huerto que se quemó totalmente.


Todos los asistentes se pusieron a salvo como pudieron, inclusive por encima del barandal del atrio. Hasta el pie del monumento de la Bandera, el calor de las llamas se sentía que quemaba a uno. El atrio quedó lleno de zapatos, bolsas y cientos de objetos.


El mayordomo de Padre Jesús, don Pablo Domínguez y Domínguez, enfrentó el siniestro con entereza. Organizó grupos voluntarios. Unos salieron rumbo a Izcapuzalco para ir a cortar ramas de chapulixtle y de laurel. Otros a conseguir morillos, lazos, martillos, clavos…


En tanto, Altita Mazón y su esposo Ángel Kalis, sacaron de la Popular máquinas de coser y organizaron a las mujeres fuera de la tienda para coser cortinas, manteles y lienzos.


Todo mundo trataba de apoyar: barriendo, regando…


Toda la noche trabajaron. La fé unió a los igualtecos, pues al otro día, a las 9 de la mañana, el huerto se encontraba como si nada hubiera pasado.


Las cosas del tiempo que se fue son irrecuperables, y no cuadran ya con el espíritu y las maneras de nuestros días. A veces, sin embargo, es bueno volver los ojos al pasado, no para anclarse en él, sino para conocer siquiera las raíces que nutrieron a nuestros antepasados