AZUCARILLOS INVISIBLES: EL AZÚCAR QUE NO VEMOS-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
AZUCARILLOS INVISIBLES: EL AZÚCAR QUE NO VEMOS.- Hoy en día, el azúcar ya no solo está en los dulces. Está en todas partes, escondida, disfrazada, silenciosa. Se encuentra en los jugos, incluso en los que se anuncian como “naturales”, en los yogures de sabores, en las leches saborizadas, en los cereales, en las galletas y en muchos productos que forman parte de la alimentación diaria de los niños. Es un azúcar que no se ve, que no siempre se percibe, pero que se consume todos los días. Un niño puede estar recibiendo varias cucharadas de azúcar al día sin que en casa alguien lo note. Y ese es precisamente el problema: no se trata del dulce ocasional, sino del consumo constante, repetido, cotidiano. México se mantiene entre los países con mayor obesidad infantil en el mundo. No es un dato aislado ni exagerado. Es una realidad que vemos en los consultorios, en las escuelas y en la vida diaria. Y gran parte de este problema comienza desde los primeros años, cuando se forman los hábitos que acompañarán al niño durante toda su vida. El exceso de azúcar no solo provoca aumento de peso. Va mucho más allá. Altera el apetito, hace que los niños rechacen alimentos naturales, modifica su percepción del sabor y condiciona su preferencia por lo dulce. También favorece la aparición de caries, afecta la concentración, altera los niveles de energía y empieza a programar al organismo hacia enfermedades que antes eran exclusivas de los adultos. Porque ese es el punto más importante: el azúcar que hoy consumen nuestros niños es la misma que mañana puede convertirse en diabetes, hipertensión y enfermedades del corazón. No ocurre de un día para otro, pero sí es un camino que se construye poco a poco, todos los días, con cada bebida azucarada, con cada producto industrializado, con cada decisión que parece pequeña. Además, el paladar se acostumbra. Entre más dulce consume un niño, más dulce necesita para sentirse satisfecho. Lo natural deja de gustar. La fruta ya no sabe suficiente, el agua pierde atractivo y entonces lo procesado se vuelve lo habitual. No se trata de prohibir, se trata de educar. Regresar a lo básico. Al agua simple como bebida principal. A la fruta entera en lugar de jugos. A los alimentos preparados en casa. A leer etiquetas y entender qué estamos ofreciendo. El cambio no está en lo que el niño come un día, sino en lo que come todos los días. Porque lo que hoy parece inofensivo, mañana puede ser una enfermedad. Recuerde: el verdadero cuidado no está en quitar un dulce… está en formar un hábito.
DON CHIMINO.– ¡Ay esa Trevi! ¡Ah bárbara! Jue un chow crofesional. Valió la pena ´ber pagado 3 mil morlacos por los dos boletos. Como le taba paticando, juimos a verla al palenque porque a mí y a mi Púchun nos gustan sus canciones. Nosotros tábamos en la segunda fila de butacas, de atrás pa´alelante. Se miraba muy bien el etcenario que, como con destellos, cambiaba a colores brillantes sin lastimar los ojos. Rosa, morado, rojo, uno tras otro iluminando todo el lugar. Las gentes gritando-cantando sus canciones como esa que dice: “oh, noo, no no no, nooo, no puedo reponermeee, de tu forma tan cruel de abrazaarme. Si sabías que no ibas a amarmee. ¿Qué ganabas? Con besarme. En el recuento de los daños, lo material todo lo perdí. Perdí mi casa y mis amigas. Todo lo mío te lo dí”. ¡Híjoles! Se le pone a uno chinito el cuero. Más cuando la Trevi se quedaba callada y todo el público cantaba. Hubo gentes que lloraron de tan emocionante que jue ese momento. Yo sí ´bía oyido esa canción pero no cactaba la letra. Ese día me quedó tan claro que pa l´otra, hasta yo me sumo al coro. Mi Puchunga ella sí cantaba, a alto volumen, emocionada, moviendo en lo alto sus manos y balanciándose suavemente al ritmo de la canción. Ella, y la mayoría de las gentes, estuvieron sentados. Asina mi Púchun, disfrutando del momento sin joder al prójimo. Pasa que un chavo, como de 20 años, le tocó mero delante de mí y, si mi Púchun taba feliz, este se pasó. Cuando salián las bailarinas y los bailarinos a acompañar en el Chow, el julano ese se paraba, se movía pa´un lado, pa´l´otro, brincaba y bailaba al ritmo como si el juera parte del grupo. Subía, bajaba las manos y se contoniaba más que las chamaconas bailarinas que, vaya que se las gastan. Sobre todo en esa de “pelo suelto”. El tipo hacía señales y movimientos como si él trajiera una peluca como la de la Trevi, que ya de por sí le llegaba debajo de media espalda. Traté de decirle a mi Púchun sobre que me taba tapando el julano, que no me dejaba ver, ¡jum! Ni me arriendaba a ver. Esperé que terminara la canción pa ver si me oyía que le taba hablando. Ni máiz palomas, ni me mochó. Me tuve que colgar de su brazo, jalarla hacia mí y decirle al oyido pero juerte pa´ que oyera, el ambiente taba muy festivo y ella siempre hablándole a su público: -”¡Oyeee! Ese chavo no me deja ver-le dije- Se ´ta para, y para. Me dan ganas de meterle un zoquete, asina como antes a nosotros cuando nos pasábamos de la raya. “ –¡Nooo! ¿Cómo crées? Además, el chamaco, o la chamaca, baila muy chistoso, como aprendiz de bailarina. Hasta me dan ganas de pararme a bailar como él. El chavo, como que se dio cuenta que tábamos hablando dél, nos arriendó a ver con ojos alegres, brillosos, de felicidá… con sonrisa de oreja a oreja y nos dijo: —“¡Ay! ¡Qué bonita parejaaaa!” Se llevó las manos al pecho como si le hubieramos aplaudido su baile. —“¡Ay, perdónenme que me pare así, es que me requeteee encanta Gloria! ¡Soy su fan número uno! ¡Casi me vuelve loco! ¡Estoy feliz!… ¡muy feliz!” Y luego, voltiando con mi Púchun, todavía más emocionado: —“¡Qué bonito canta usted también! ¡Bien entonada… y con mucha emoción!” Mi Púchun hasta se esponjó del gusto. Y como si se hubieran puesto de acuerdo sin hablar, ¡pácatelas! que chocan las manos… y en eso empieza la música de “Doctor Siquiatra” ¡Nombre! El chavo se destapó. Cantaba, gritaba, giraba… ¡como si de veras necesitara un doptor d´esos. Yo, entre que me reía por sus desfiguros etxagerados y entre que estiraba y movía mi pescuezo pa´un lado, pa´l´otro tratando de ver cada movimiento de la Trevi, me jui resignando y tambor le seguí el ritmo. Le dije a un señor que taba atrás de mí, que si me permitía pararme porque el de enfrente no me dejaba ver. –“¡Ni a mí!”, me dijo. –Mejor nos paramos, que al cabo nuestras butacas son las últimas, a ver si no se molestan los de las gradas. Me hizo segunda y al rato, los tres tábamos en sintonía. Casi todas las gentes sentadas y nosotros tres, los de mi misma fila, parados, disfrutando y viviendo el espeptáculo. Otra de las canciones que cantamos todos jue la de “Con los ojos Cerrados”: … Debo confesar que cuando él me besa, el mundo da vueltaaas dentro de mi cabeza, cierro los ojos y siento su alientoo. Mi sangre quema cualquier pensamientoo. Y le creo, le creo, le creo. Le creo cuando dice: “te quiero”. Le creo que su amor será eterno. Le creo que es el hombre más bueno. Le creo que la luna es de queso y si él me diera otro beso. ¿Qué más da si me miente?, yo, ¡le creo! Con los ojos cerrados, iré tras de él. Con los ojos cerrados, siempre lo amaré. Con los ojos cerrados, yo confío en él. Con los ojos cerrados yo le quiero creer…” Las gentes cantaban como poseídas, era como un coro de muchas voces. La trevi extendía su mano con el miicrófono, poniéndolo lo más cercas posible a las gentes que, por momentos cantaron a capela, con la orquesta callada. ¡híjoles qué momentos tan chingones! Cuando todos de pie, le cantamos las mañanitas porque era su cumpleaños, se emocionó tanto que se metió a los pasillos, entre las gentes, a abrazar a señoras, a niños y uno que otro que se le atravesaba en el camino. Tuvieron que entrar las gentes de seguridá que ella llevaba, sus propios guaruras que, haciendo como una pader con sus cuerpos, evitaron que la apretujaran tanto. Al terminar las mañanitas, ya sabe, no pudo faltar el famoso: “!Triquititriquiii! ¡Raaaaaa! ¡Triquititriquiii! ¡Raaaaaa! ¡A la bio! ¡A la bao! ¡A la bimbóm baaa! ¡Gloria, Trevi, ra, ra, raaaaaaa!. La Trevi casi llora de la emoción y… ¡Ándenles! Ya me rete colgué, áhi nos p´a l´otra, graciotas.
