Po: José I. Delgado Bahena

Hace tres días, Macrina aún vivía con el “Pique”. Hoy, sentada en el banco de cemento de la celda del centro de readaptación en la que la han recluido, con la mirada fija en el piso destruido y con las manos apretadas entre sus piernas sudorosas, piensa y se pregunta mil veces si lo volvería a hacer y su respuesta es la misma las mil veces: “no solo lo haría otra vez, sino que trataría de matarlo con otras maneras, para que sufriera más antes de que estirara las patas, el desgraciado”, se dice.


“Aquí estuvo la Matrona”, lee en una de las paredes en la que detiene su mirada para reconocer las sombras que le acompañarán durante catorce años, o siete, según sus cuentas, si mantiene buena conducta. Decidida, enciende el único cigarro que le permitieron las celadoras como atención por haberles “obsequiado” la cajetilla que Esteban, su hijo, le diera al visitarla esa mañana.

Llora mezclando el sabor de sus lágrimas con la última chupada que da al resto del cigarro. “Pinche Esteban…”, piensa, “¿para qué te saliste de la escuela, cabrón?”


Todo fue muy rápido.


El “Pique” era su hombre, el de esos días; su padrote, pues, el que la cuidaba cuando salía del centro nocturno donde trabajaba todas las noches y se quedaba a dormir con ella en el único camastro con el que contaban en su humilde vivienda que rentaba por trescientos pesos para ella y su chamaco: Esteban, de quince años, que estudiaba la secundaria.


Aquel día, el “Pique” la envió a la casa de un “amigo” a entretenerlo, porque, según él, le debía un “parote”.


Era de tarde. Macrina salió confiada en busca del amigo del “Pique”; pero no lo encontró y regresó enseguida a su vivienda. Al llegar, el cuadro que halló, y vio con ojos desorbitados, fue a su chamaco, Esteban, perdido de borracho, semidesnudo sobre la colchoneta que se tiraba en el piso para dormir en un rincón de la habitación y, sobre él, al “Pique”, haciéndole caricias obscenas y pervertidas.

Al “Pique” lo conoció dos meses antes en el mismo lugar donde trabajaba.
“¿Qué pasó, chula?”, le preguntó.


“Nada”, contestó ella.


“¿Con quién vives?”, indagó él.


“Hasta hoy, con nadie, pero creo que me animaré contigo”, respondió Macrina, sonriendo.


Desde entonces, él la llevaba y la esperaba para regresar juntos en un taxi. Él administraba los ingresos de sus “fichas” y de las comisiones por las bailadas. Él le daba una cantidad para que le pusiera unas monedas a Esteban en su mochila de la escuela.


Él dirigía su vida, y ahora lo veía abusando de la inconsciencia de su adolescente hijo.


Sobre la única mesa de madera que servía de comedor había cuatro botellas de cerveza vacías que, evidentemente, las habían consumido ellos, y la grabadora con sus corridos de narcos a todo volumen.


No supo cómo, pero la furia se apoderó de Macrina, y con la fuerza y agilidad que no se conocía, tomó una, la rompió golpeándola sobre el piso, y con el filo de la parte que le quedó en su puño, atacó el cuello del “Pique”, quien no se había percatado de su llegada, y un chorro de sangre tibia cayó sobre el cuerpo desnudo de Esteban.


Ella misma salió en busca de la policía, después de echarle una cubeta de agua a Esteban, para despertarlo y hacer que se limpiara el cuerpo de la sangre del “Pique”.