Por: José I. Delgado Bahena

Definitivamente, así quedé: con el alma en un hilo, y todo por andar de coscolino, comiendo peritas verdes teniendo un frutero en casa. Sin embargo: lo bailado, ¿quién me lo quita? Bueno, me lo andaba quitando el hermano de Ángela, cuando nos sorprendió en el hotel, un día que, según yo, andaba gestionando unos recursos para una colonia de la orilla de la ciudad.

Pero pues, uno es hombre y de por sí que esa chava me traía loco desde antes que me casara… solo que nunca me hizo caso, y eso que le rogué mucho cuando fui regidor en el gobierno anterior. Ella era asistente de la síndica y en esta administración quedó como ayudante del nuevo director de educación. Yo volví a agarrar hueso como secretario de gobierno; pero, ahora que supo que me casé, hace ya casi un año, me encontró en el pasillo y se plantó delante de mí.


“¿Qué pasó, Victoriano, por qué ya no me hablas?”, me dijo, mirándome del cinturón para abajo.


“¿Para qué?”, le pregunté asomándome al escote de su vestido.


“Pues, no sé… deberías averiguarlo, tal vez te convenga”, contestó, rozando mi pierna con su rodilla al hacerse a un lado y continuar su camino.


Esa misma tarde le mandé un mensaje a su celular para invitarla a tomar un café. Contestó aceptando la invitación y le devolví el mensaje para citarla en el Café del Cielo, a un lado de Plaza Borda, a las seis de la tarde.


No faltó. Llegó luciendo su bien torneado cuerpo en un vestido azul, entallado, que le resaltaba su figura y, sobre todo, dejaba al descubierto la mitad de sus hermosos pechos.


Le sugerí que solo tomáramos café y nos fuéramos a un lugar más discreto.
“¿Tienes miedo de que se entere tu mujer?”, sonrió.


“Sí”, respondí con sinceridad. “Pero también pienso en ti. Tu familia no estaría muy de acuerdo si se entera que te ves con un casado y, ya sabes: aquí, en Taxco, los chismes vuelan”.


“Entonces, vámonos de una vez”, concedió ella.


“¿A dónde?”


“A donde quieras. Tú vas a manejar. Pero que sea un lugar donde estemos solo tú y yo”, advirtió, coqueta, deteniendo su mirada en mi entrepierna, donde comenzaba a abultarse mi pantalón.


Sin pensarlo más, salimos a la calle y tomamos mi inconfundible auto amarillo. Ella en el asiento trasero, para disimular un poco, aunque, por supuesto, no se ocultaba por completo.


Conduje hasta un hotel por la salida hacia Iguala, para no correr riesgos de que alguien que nos conociera nos viera entrar. Solicité una habitación y acomodé el carro en el cajón de la puerta del cuarto. Me bajé y corrí la cortina.


Ya adentro, nos abrazamos y nos besamos. Entonces, ella quiso pasar al baño; mientras, llamé a la administración para pedir un par de tragos y unas botanas.
Justo en el momento en que ella salía del sanitario, sonó su celular dentro de su bolso de mano.


“Estás loco”. Escuché que contestaba. “Estoy en el centro y ya voy para la casa”. Terminó la conversación y apagó el celular.


“¿Quién era?”, le pregunté ansioso.


“Mi hermano…”, contestó ella, visiblemente nerviosa y sentada en el borde de la cama. “Dice que nos siguió desde el centro y que está afuera del hotel. Me amenazó con matarme en cuanto salga, y a ti no sé qué te va a hacer. ¿Qué hacemos?”


“No sé… déjame pensar. ¿Crees que sea cierto?”


“Sí. Me dijo cómo es tu carro y cómo vienes vestido. Dice que parece que te conoce”.


Después de pensar un poco, se me ocurrieron varias ideas, pero lo que tramé era lo único que podía sacarnos de ese conflicto.


Hice una llamada a mi compadre Héctor para que viniera en su carro y trajera a su hermano Javier, que está gordito, como yo, y a una chava cualquiera, pero escondida. Le di el número de mi habitación y le pedí que rentara la de al lado.

Cuando llegaron, ya estábamos detrás de la cortina del cajón. Javier y yo intercambiamos camisas y le di las llaves de mi carro. Ángela subió al asiento trasero del coche de mi compadre y se tiró al piso. Aprovechando que el sol se ocultaba, confié en las sombras y me subí al auto, al lado de mi compadre. Así salimos del hotel.


Efectivamente, Manuel, el hermano mayor de Ángela, se encontraba en su carro, estacionado junto a la puerta. Lo vi solo de reojo, pero mi compadre dice que se nos quedó viendo, muy sonriente, como sospechando que éramos maricones.


Javier salió, veinte minutos más tarde, vistiendo mi camisa, con Paula, su novia, y manejando mi auto. Después nos contaron que Manuel los alcanzó en el semáforo que está junto al OXXO y se les cerró. Javier se bajó del carro y le reclamó el cerrón. Manuel, al ver que no era yo, ni la chava su hermana, ofreció disculpas y se fue visiblemente desconcertado.


Después nos reunimos todos en el taller de mi compadre y nos pusimos una santa peda, para el susto, y con eso me volvió el alma al cuerpo.