NIÑO QUE NO COME-DON CHIMINO

Por. J. David Flores Botello

NIÑO QUE NO COME.- Hay frases que se repiten generación tras generación en el consultorio: “Doctor, mi niño no quiere comer”. Lo dicen con angustia, con culpa, con miedo. Es compún que pase: el plato servido, la comida caliente, el niño sentado frente a la mesa moviendo el alimento sin interés o cerrando la boca con firmeza. Antes de pensar en enfermedad, hay que entender algo fundamental: entre el primer año y los cinco años el crecimiento se vuelve más lento. En el primer año de vida el bebé crece aceleradamente; después, el ritmo disminuye. Si el cuerpo crece más despacio, el apetito también lo hace. Es fisiología, no rebeldía. Muchos padres continúan sirviendo porciones como si el niño tuviera el mismo gasto energético que cuando era bebé. Esperan que termine todo el plato y, si no lo hace, interpretan que “no comió nada”. El niño sano, en realidad, regula su hambre con gran precisión. Come cuando tiene apetito y deja de hacerlo cuando se siente satisfecho. Forzarlo rompe ese mecanismo natural. El problema comienza cuando la comida se convierte en lucha. Rogarle, amenazarlo, distraerlo con televisión o celular, perseguirlo por la casa con la cuchara en la mano, ofrecer premios o castigos… todo eso genera tensión. Comer debe ser un acto tranquilo, no una competencia de voluntades. Otro error frecuente es el exceso de calorías líquidas. Niños que toman demasiada leche, fórmulas, jugos industrializados o refrescos durante el día llegan a la mesa sin hambre. El estómago está lleno, aunque el aporte nutricional no sea el adecuado. A eso se suman galletas, frituras o dulces entre comidas. Luego se concluye que el niño “no come”, cuando en realidad ya comió lo que no debía. También existe el niño melindroso, al que desde pequeño se le permitió elegir únicamente lo que le gusta. Si rechaza la verdura, se retira; si no quiere carne, se sustituye; si protesta, se cambia el menú. Con el tiempo aprende que puede negociar la comida y termina aceptando solo alimentos suaves, blancos o dulces. El paladar también se educa, y necesita repetición, paciencia y firmeza. Eso no significa ignorar posibles causas médicas. Hay situaciones que disminuyen el apetito: anemia por deficiencia de hierro, parasitosis intestinal, infecciones urinarias, estreñimiento crónico, problemas dentales o incluso alteraciones emocionales. Pero cuando el niño mantiene peso adecuado, crece según su curva, juega, duerme bien y está activo, lo más probable es que esté sano. El apetito no es igual todos los días. Hay jornadas en que comen más y otras en que comen menos (apetito en oleaje). El cuerpo compensa. Lo importante es observar el conjunto, no un solo plato. La clave está en establecer horarios fijos, ofrecer porciones pequeñas acordes a la edad, evitar bebidas azucaradas y exceso de leche, sentarse a la mesa en familia, en armonía y retirar el plato sin regaños si no desea comer. Se espera hasta el siguiente horario. Sin premios, sin amenazas, sin golosinas de rescate. Educar en la alimentación es educar para la vida. Un niño que aprende a reconocer su hambre y su saciedad será un adulto con mejor relación con la comida. Un niño al que se le obliga o se le soborna, difícilmente desarrollará hábitos saludables. La mesa no es campo de batalla ni el amor se mide en cucharadas. Enseñar a comer con paciencia es también enseñar autocontrol, disciplina y respeto por el propio cuerpo.

DON CHIMINO.- Estábamos en el aeropuerto de Guatulco, se había terminado el disfrute del hotel Los Vientos. Durante cuatro días y tres noches disfrutamos de sus lujosas instalaciones, bebidas y comidas que solo las gentes ricas beben y comen tanto y tan sabroso como variado. Hay de tocho morocho, pero de calidá. Bien presentado, limpio y sobre todo, con una atención que has de cuenta que son sus esclavos de uno, máxime que, por haber salvado mi Puchunga a un niño que se taba hogando, nos dieron trato preferencial como güéspedes distinguidos. Todo iba bien hasta después de documentar nuestras maletas. Al oyir que ´taba prohibido y se castigaba con carcel, transportar animales etsóticos y plantas. Clarito dijieron: –“ Es un delito federal, puede perder su vuelo… y su libertad”. Al momento de pasar el filtro, mi Púchun pasó sin croblema. Cuando jue mi turno, que chilla la chicharra: ¡piiiiiiiiiiip! Si ya de por sí taba nervioso por llevar en mi maleta unas pencas de nopal y unos esquejes de árboles pa sembrarlos en mi cantón, el pitido ese jue como si me ´biera cáido un rayo. Puse mis temblorosos pies sobre las güellas de pies en el suelo y estiré mis brazos en cruz como me ordenó el guardia. Parecía espantapájaros. Me pasó una como paleta negra alargada, primero por los hombros, luego los brazos, las piernas y la cintura onde se escuchó ¡piiiiiiip!. –“¿Trae algo metálico en su bolsa? Revise por favor” Me dijo muy serio el guardia. Voltié la bolsa del pantalón onde sonó el pitido, taba vacía y, justo en ese momento cayí en la cuenta que, en la bolsita secreta llevaba la llave de la puerta de la entrada a mi cantón. Una vez pasó que salimos de viaje, al regresar la dejé dentro de la maleta y jue un desmadre encontrarla pa´abrir la puerta luego de bajarnos del tatsi. Tuve que abrir la maleta en la banqueta, sacando ropa sucia, chanclas y ya sabrá qué pinchi pena cuando pasaban las gentes. –“Adelante, pase”, -Me dijo, y a tiempo, entre el susto y tener mis manos en cruz, ya mi pantalón se taba cayendo, ya se me miraba la rayita de atrás. Con una mano lo detuve mientras me ponía el cinturón de nuez. Esta vez mi Púchun me esperó. Ya me conoce y sabe que taba yo muy nervioso. Seguramente ya ´bían deteptado lo que llevaba y me iban a detener en cualquier rato. Pero, me dije a mi mismo, a ver: yo no soy traficante ni quise hacer un mal, todo lo contrario, iba yo a reproducir más nopales y más árboles. ¿Cómo chingados le haría pa´demostrarles que no era yo un delincuente, que no sabía nada y que soy naturisto? Pensaba una cosa, otra y otra hasta que, me armé de valor y le dije a mi Puchunga: “antes de que me agarren les voy a decir que no sabía nada de la prohibición hasta ese rato que lo dijieron por las bocinas”. En eso, miré que una guardia iba saliendo del baño y se dirigía a los filtros, la alcancé y le dije: “Buenos días señorita” –después de darle mi nombre, le expliqué que ´biamos estado en el hotel Los Vientos y que áhi, le pedí al jardinero que me regalara unas pencas de nopal y, además, que corté dos ramitas de árboles que me gustaron sus flores pa sembrarlas en mi tierra. Que, cuando oyí lo de la prohibición por las bocinas me sentí como un delincuente, que si me permitía sacarlas. –“¿Están en su maleta?”–preguntó muy tranquilamente. ¡Sí! le dije apresurado. –“Si quiere sacarlas, ahorita solicito que lo dejen pasar al área donde están todo el equipaje”. Diciendo esto jue hasta una puertita que daba a un pasillo con cristales transparentes. Hizo una seña con su mano y le dijo algo por su micrófono de diadema a otro guardia y me dijo que me juera por el pasillo. Ya iba yo entrando cuando se me ocurrió decirle: oiga oficial, ¿me dijo que si quiero sacarlas? ¿O sea que puedo dejarlas áhi? Y me contestó: –Si no quiere llevarlas en su equipaje de mano, puede dejarlas ahí.” ¡Nooo pues mejor áhi las dejo! –Le dije–¡Gracias señorita¡ ¡Dios le bendiga!. ¡Uf! y recontra ¡uf! ¡Me salvé!. Me sentí lacio, las piernas me temblaban y mi boca taba seca, seca de a madres, no podía tragar saliva, aunque quería, porque no tenía. Me dieron ganas de llorar de alegría, ya no iría a la cárcel y me llevaría mis pencas de nopal y mis esquejes. Me jui a mercar una botella de agua de un litro en una de las tiendas, me la eché de tún tún, sentado-desparramado en una butaca de la sala de espera, a un lado de mi Púchun, que siempre estuvo pendiente de mi. Puso su mano sobre la mía, como quien consuela a otro. Pero luego la quitó porque su gesto de ternura me hizo hacer un puchero y si le seguía me iba a hacer sacar las de San Pedro. Abordamos el avión y sin mas contratiempos llegamos al aeropuerto Felipe Ángeles. Teníamos que ir a la terminal de camiones de Tatsqueña y, como no quisimos pagar taxi del aeropuerto porque son muy caros, pedimos un uber. Alfonso, que así se llamaba el chofer nos dijo que llegaba en 10 minutos, pasaron 15, luego 20 y no llegaba, nos decía que lo esperáramos, que andaba por otra puerta diferente, que no canceláramos el viaje, que le echáramos la mano porque andaba apurado de dinero. Mi Púchun y yo pajariábamos pa´un lado, p´al otro esperando verlo. Le dijimos que mejor nos esperara onde él estaba, ya íbamos pa´llá cuando nos dijo que ya taba llegando a onde tábamos y sí, llegó. Abrió la cajuela, metimos las maletas, nos metimos al coche, ya iba a arrancar y en eso, llegó un elemento de la Guardia Nacional. Le pidió sus papeles y el muy p… no llevaba licencia ni tarjeta de circulación y… ¡sopas perico! Dispénsenmen, ya me volví a colgar. Ähi nos pa l´otra, graciotas.