Karla Galarce Sosa
Chilpancingo, Gro., El arzobispo del puerto, Leopoldo González González llamó a erradicar las violencias desde el núcleo familiar, al señalar que la paz comienza en el hogar y que no puede normalizarse ningún tipo de agresión en la vida cotidiana.
Insistió en que el respeto a la vida es condición para construir una sociedad segura.


“Nadie tiene derecho a eliminar un ser humano inocente. Al ser concebidos somos humanos y somos inocentes. En el respeto del derecho fundamental de la persona a la vida construimos la paz”, expuso.


Durante su mensaje difundido este domingo con motivo del Día de la Familia, el líder católico retomó la voz de niñas, niños y adolescentes que luego de los huracanes Otis y John, expresaron en un foro convocado por la asociación Guerrero es Primero, cómo imaginan la ciudad en el contexto de una jornada dedicada a fortalecer los vínculos familiares.


Hizo un llamado para actuar contra cualquier forma de violencia doméstica ante su normalización.
“Con mucha delicadeza y con firme determinación, esforcémonos en erradicar la violencia de nuestro hogar: la violencia física, la violencia verbal, la violencia psicológica, la violencia íntima. A veces la costumbre nos hace mirar como normales modos de tratarnos que ofenden a las personas”, expresó.


Al referirse al trabajo de Guerrero es Primero recordó que ayudó a menores a expresar su visión del puerto. “Una parte de lo que expresaron en el ‘Acapulco que soñamos’ fue: las familias están unidas, los vecinos se saludan, se ayudan y cuidan juntos sus calles; las plazas están llenas de vida; nadie tiene miedo de salir; todos se respetan y la paz se siente en cada esquina. Un Acapulco en el que vivir en paz sea lo normal”, citó.


Subrayó además que la familia es un espacio insustituible en la formación para la paz.
Recordó palabras del Papa Benedicto XVI que en familias se experimentan algunos elementos esenciales de la paz como la justicia y el amor entre hermanos y hermanas.


Además de la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio a los más débiles, a los ancianos y a los enfermos; la ayuda mutua en las necesidades de la vida; la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz.