LAS MUJERES Y LAS NIÑAS EN LA CIENCIA EN EL 2026
Por: Alejandra Salgado Romero
“Excluir a las mujeres de la ciencia no sólo es injusto; empobrece el conocimiento”
Angela Saini
Cada 11 de febrero, el mundo recuerda por qué es indispensable hablar de género y ciencia. Ese día se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2015, para promover la participación plena y equitativa de mujeres y niñas en los campos de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) y abordar las barreras estructurales que limitan su acceso y desarrollo. En 2026, esta fecha cobra importancia, bajo el lema global “De la visión al impacto: Redefiniendo las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM) cerrando la brecha de género”, el enfoque no sólo se dirige a visibilizar, sino a integrar tecnologías emergentes, ciencias sociales, STEM y finanzas para construir futuros más inclusivos para mujeres y niñas. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), organiza en París un evento híbrido de todo un día dedicado a mostrar buenas prácticas y soluciones concretas, que permitan cerrar brechas de género en la ciencia. La idea es inspirar acciones que transformen los entornos científicos y tecnológicos, donde históricamente las mujeres han sido minoría.
A nivel global, las cifras son elocuentes: las mujeres constituyen aproximadamente un tercio de las y los investigadores del mundo, pero están subrepresentadas en campos clave y, con frecuencia, tampoco llegan a los espacios de liderazgo académico o tecnológico. Este dato, -aparentemente contundente en su simplicidad-, es un espejo que devuelve una verdad mucho más profunda: no estamos ante un problema de capacidades, sino de oportunidades, -y de arraigo de prejuicios sociales-, que continúan moldeando desde la infancia las decisiones vocacionales de niñas y jóvenes.
En México, aunque ha habido avances institucionales importantes, la participación femenina en STEM sigue siendo menor que la masculina. Alrededor del 38% de las mujeres estudian carreras STEM, pero sólo una pequeña porción de niñas expresa interés por estas disciplinas desde temprana edad, -frente a más del doble de hombres jóvenes interesados en el mismo tipo de carreras-, lo que señala barreras culturales que se arraigan mucho antes de que se curse una licenciatura. Según datos oficiales, únicamente el 37% de las y los investigadores en México identificados por el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) son mujeres, lo que resalta cómo la curva de participación femenina se vuelve más plana conforme avanza la carrera científica.
En cuanto a lo estatal, la situación en Guerrero evidencia otros matices y urgencias. Reportes recientes señalan que apenas 10% de los espacios científicos en Guerrero son ocupados por mujeres, muy por debajo de las cifras nacionales y globales, lo que habla de comunidades científicas que siguen siendo espacios masculinamente dominados, donde las mujeres deben sortear dobles y triples barreras, -no sólo académicas o laborales, sino también culturales y familiares-, para permanecer y ascender en sus carreras. Frente a este panorama, es fácil caer en el desánimo, pero también es imprescindible reconocer los avances reales. En México y en gran parte del mundo, la celebración del “11-F” viene acompañada ahora de una proliferación de actividades más allá de un solo día: jornadas, talleres, exposiciones y encuentros académicos dirigidos a inspirar vocaciones desde la infancia y la adolescencia. En España, por ejemplo, se han preparado más de 200 actividades oficiales entre charlas, talleres, encuentros y acciones divulgativas para dirigir la atención social hacia una ciencia que sea verdaderamente inclusiva y equitativa. En México, universidades y centros científicos organizan jornadas educativas y talleres con niñas y jóvenes para acercarlas a la ciencia desde múltiples perspectivas.
No obstante, reconocer los avances no puede convertirse en complacencia. Los pendientes normativos son urgentes: desde la creación de políticas públicas que reconozcan explícitamente la brecha de género en STEM, hasta la implementación de mecanismos de transparencia salarial, oportunidades de investigación equiparables y rutas claras de ascenso para investigadoras, científicas y tecnólogas. Los marcos normativos aún suelen ser suaves, frente a las barreras profundas que enfrentan las mujeres que eligen profesionalizarse en esta área. También están los retos estructurales; la ciencia, -como muchas profesiones de alta especialización-, sigue valorando modelos laborales rígidos, poco compatibles con las responsabilidades de cuidado que culturalmente recaen en las mujeres. Las políticas de conciliación, el acceso a cuidados infantiles de calidad, permisos equitativos y formas flexibles de carrera científica siguen siendo la excepción, no la norma. Esta brecha de estructura laboral se traduce en tasas más altas de abandono o estancamiento para mujeres científicas en etapas claves de su trayectoria.
Los desafíos culturales son, quizá, los más complejos de desmontar. Desde la infancia, niñas y niños internalizan mensajes que asignan la ciencia más al género masculino. Esto construye subjetividades donde la ciencia se percibe como un “mundo para hombres”. Romper estos estereotipos exige políticas educativas robustas, formación docente y programas que construyan referentes femeninos visibles y cercanos, -no sólo figuras históricas, sino modelos locales con los que las niñas puedan identificarse-. Ahí radica uno de los mayores esfuerzos pendientes: descolonizar las narrativas del conocimiento para que la ciencia se perciba como un campo de todas y todos, sin barreras de género ni exclusiones simbólicas.
En este 2026, el llamado público debe ser claro y tajante: no basta con un día de actividades inspiradoras, si el resto del año las políticas institucionales, empresariales y educativas mantienen estructuras de desigualdad. El 11 de febrero debe ser un punto de partida para compromisos tangibles: presupuestos con enfoque de género para ciencia, programas de mentoría específicamente orientados a mujeres, transparencia salarial en proyectos de investigación, sistemas de indicadores de inclusión de género y sanciones claras contra discriminación y acoso en espacios académicos y laborales.
Igual de necesario es un compromiso social más allá de las instituciones: que padres y madres cuestionen los estereotipos de género; que medios de comunicación amplifiquen historias de científicas y no solo de “mujeres en ciencia” como etiqueta simbólica; que el sector privado reconozca el enorme valor económico y social de incorporar más mujeres científicas a sus filas y, sobre todo, que la sociedad entienda que la igualdad en ciencia es una cuestión de justicia, calidad y pertinencia científica. Si algo está claro en 2026 es que la ciencia del futuro debe ser diversa para ser realmente excelente. Más mujeres y niñas en ciencia significan más preguntas formuladas, más problemas resueltos desde perspectivas distintas, más descubrimientos que se nutren de experiencias diversas y, sobre todo, una ciencia que refleje y beneficie mejor a toda la humanidad. Este 11-F, -y cada día del año-, debe ser una invitación y un desafío: no aplaudir avances, sino construirlos y sostenerlos con políticas, prácticas y compromisos que trasciendan el simbolismo para arraigarse en la cotidianidad de nuestras universidades, laboratorios, aulas y comunidades. Porque más mujeres y niñas en la ciencia no es un lujo, sino una necesidad para construir un futuro verdaderamente inclusivo e innovador.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
