Maternar sin culpas…más que un reto, un derecho
Por: Alejandra Salgado Romero
“Maternidad no es sinónimo de sacrificio silencioso, sino una experiencia que debe vivirse con dignidad, apoyo y elección”
Adrienne Rich
En México, la maternidad ha sido históricamente colocada en un pedestal contradictorio: se le exalta como destino natural y, al mismo tiempo, se le castiga con exigencias imposibles. A las madres se nos pide presencia total, entrega absoluta y amor incondicional, pero sin reconocimiento social, sin corresponsabilidad y, muchas veces, sin las condiciones materiales mínimas para vivirla con dignidad. En ese contexto, no sorprende que la culpa se haya convertido en una compañera constante del maternar. Culpa por trabajar, por no trabajar, por estar fuera de casa, por querer un espacio propio, por no llegar a todo. Maternar sin culpas, en México, no es solo un reto individual: es un derecho que el Estado y la sociedad hemos fallado en garantizar.
Las investigaciones sobre el uso del tiempo y el trabajo de cuidados son contundentes. En México, las mujeres realizamos la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, incluso cuando participamos activamente en el mercado laboral. Estudios del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) evidencian que las mujeres dedicamos, en promedio, más del doble de horas que los hombres a estas tareas. Esta sobrecarga no desaparece con la maternidad; al contrario, se intensifica. La llegada de hijas e hijos suele marcar un punto de inflexión en la vida laboral de las mujeres: reducción de jornadas, empleos informales, renuncias forzadas o pausas prolongadas que después se traducen en brechas salariales, menores oportunidades de ascenso y pensiones más bajas.
La culpa aparece justo ahí, en ese cruce entre expectativas sociales y realidades estructurales. Se nos dice que “podemos con todo”, pero no se nos proveen redes de cuidado suficientes, licencias parentales equitativas, servicios de educación inicial accesibles ni entornos laborales verdaderamente corresponsables. La ciencia social y la psicología han documentado cómo esta presión constante impacta la salud mental materna: mayores niveles de estrés, ansiedad y depresión posparto, muchas veces invisibilizados o normalizados bajo la idea del sacrificio materno.
No es casual que muchas mujeres, ante este escenario, opten por renunciar a su trayectoria profesional. No porque no amen su trabajo o carezcan de metas, sino porque el costo emocional y logístico de sostener ambas esferas resulta desproporcionado. Elegir quedarse en casa, -cuando es una elección posible-, debe ser respetado; el problema es cuando esa decisión está condicionada por la falta de apoyos, por la precariedad laboral o por una cultura que sigue considerando a las madres como las principales, cuando no únicas, responsables del cuidado. Ahí ya no hablamos de libertad, sino de desigualdad. A este escenario se suma otra realidad poco discutida: el cuidado intergeneracional. En un país donde los sistemas públicos de cuidados para personas mayores son limitados, muchas mujeres,-madres a su vez-, asumen también el cuidado de padres y madres. El resultado es una generación de mujeres que hace auténticos malabares entre casa, hijas e hijos, trabajo remunerado y cuidados familiares, sosteniendo con su tiempo y su cuerpo una economía que depende, silenciosamente, de ese trabajo no pagado.
La maternidad no es una carga privada, sino una función social de enorme relevancia. Criar, cuidar y acompañar a las nuevas generaciones es un trabajo que sostiene el presente y el futuro del país. Por ello, debe ser reconocida y garantizada como un derecho: el derecho a maternar con apoyos, con corresponsabilidad y sin culpas. Esto implica asumir, sin miedo ni vergüenza, que no siempre se puede estar al cien por ciento en la crianza de manera física, y que eso no nos hace malas madres. La evidencia científica es clara: la calidad del vínculo no se mide en horas continuas, sino en interacciones significativas, en presencia afectiva, en entornos seguros y amorosos… y ello incluye cuidar también a las madres.
Garantizar el derecho a la maternidad significa asegurar que las mujeres podamos seguir desarrollándonos laboralmente y participando en la vida pública sin ser penalizadas por ello. Las políticas de conciliación no deben ser concesiones, sino obligaciones. Pero más allá de las políticas, hay una dimensión cultural que urge transformar. La maternidad, tal como se narra y se representa, suele estar asociada al sufrimiento, al agotamiento y a la abnegación sin límites. Se espera que la buena madre se sacrifique, que se borre, que aguante. Esta narrativa no solo es injusta, es peligrosa. Despoja a la maternidad de la alegría, del disfrute y del derecho al bienestar. Y, paradójicamente, termina afectando también a hijas e hijos, porque nadie puede cuidar bien desde el agotamiento permanente. Resulta inadmisible que una etapa vital tan significativa se viva, para tantas mujeres, atravesada por la culpa y la presión constante. Maternar debería ser, además de una responsabilidad, una experiencia gozosa, acompañada y reconocida. No idealizada, pero tampoco castigada. La alegría en la maternidad no es un lujo ni una frivolidad; es un indicador de bienestar que tiene efectos positivos en el desarrollo infantil y en la salud emocional de las familias.
Por ello, el llamado debe ser amplio y contundente. A todos los niveles de gobierno, para que asuman la construcción de un sistema nacional de cuidados robusto, con presupuesto suficiente y enfoque de derechos. A las escuelas, para que dejen de reproducir estereotipos de género y se conviertan en aliadas de las familias diversas que hoy existen. A los medios de comunicación, para que abandonen la figura de la madre abnegada o sufrida como único modelo posible y muestren la pluralidad de maternidades reales, complejas y valiosas. Y a la sociedad en general, para que entienda que la corresponsabilidad no es ayudar, sino asumir, en igualdad, el trabajo de cuidar.
Romper con los estereotipos de la madre perfecta, sacrificada y omnipresente es una tarea colectiva. Implica cuestionar mandatos arraigados y redistribuir responsabilidades, escuchar a las mujeres y creerles cuando dicen que no pueden solas, que necesitan apoyo, que quieren maternar sin culpas. No se trata de bajar expectativas, sino de construir condiciones justas. Garantizar una maternidad plena no es un favor a las mujeres; es una inversión social que dará como resultado mejores generaciones de seres humanos. Niñas y niños criados en entornos donde el cuidado es compartido, donde las madres no están exhaustas ni culpabilizadas, donde el bienestar es una prioridad, tienen mayores posibilidades de desarrollarse con empatía, seguridad y libertad… maternar sin culpas, más que un reto individual, es un derecho colectivo que México ya no puede seguir postergando.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
