EL CELULAR NO ES NIÑERA–DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
EL CELULAR NO ES NIÑERA.- En los últimos años, el uso de teléfonos celulares y pantallas se ha incorporado de manera cotidiana en la vida de los niños pequeños. En muchos hogares se utilizan para entretener, calmar o mantener quietos a los menores mientras los adultos realizan otras actividades. Sin embargo, la evidencia científica ha mostrado con claridad que las pantallas no sustituyen el cuidado, la interacción ni el acompañamiento que necesita un niño para desarrollarse adecuadamente. El desarrollo cerebral en la primera infancia depende, en gran medida, de la interacción humana. El lenguaje, la atención, la regulación emocional y la capacidad de relacionarse se construyen a partir de estímulos reales: escuchar una voz, observar gestos, responder miradas, jugar, explorar y convivir. Cuando un niño pasa largos periodos frente a una pantalla, estos estímulos disminuyen de forma importante. Diversos estudios han demostrado que el uso excesivo de pantallas en niños pequeños se asocia con retraso en el lenguaje, dificultades de atención, alteraciones del sueño y problemas de conducta. Investigaciones publicadas en JAMA Pediatrics señalan que a mayor tiempo diario frente a pantallas, mayor es el riesgo de presentar retrasos en el desarrollo del lenguaje, especialmente en menores de cinco años. Esto no se debe al contenido en sí, sino al desplazamiento de actividades fundamentales como el juego libre y la interacción verbal. Por esta razón, organismos internacionales han emitido recomendaciones claras. La Organización Mundial de la Salud establece que los niños menores de dos años no deben tener exposición a pantallas y que, entre los dos y cinco años, el tiempo frente a ellas debe ser muy limitado y siempre con la supervisión de un adulto. En la misma línea, la American Academy of Pediatrics advierte que las pantallas no deben utilizarse como herramienta para calmar, castigar o premiar, ni para acompañar rutinas como la alimentación o el sueño. Aunque las pantallas pueden entretener momentáneamente, no enseñan habilidades sociales ni favorecen el desarrollo emocional. El niño necesita aprender a esperar, a aburrirse, a imaginar y a relacionarse. Estas capacidades no se adquieren de manera pasiva frente a un dispositivo, sino a través de la convivencia diaria y del juego. No se trata de eliminar por completo la tecnología, sino de usar las pantallas con límites claros y con sentido educativo, entendiendo que nunca deben reemplazar la presencia del adulto. El tiempo compartido, la conversación, el juego y la atención directa siguen siendo insustituibles. Cuidar el desarrollo infantil implica tomar decisiones conscientes. Reducir el uso del celular en los niños pequeños es una forma concreta de proteger su lenguaje, su conducta y su salud emocional. Porque en la infancia, acompañar siempre es más importante que entretener.
DON CHIMINO.- No le pareció nadita a mi Puchunga el mensaje que nos dejaron tirado en la habitación y que miramos cuando regresamos de la alberca. Que nos mudarían a otra habitación de menos caché. Le vi su carita de agüitación, no solo nos cambiarían de cuarto sino que tambor el color de la pulsera y nos pondrían otra de menos categoría. Ya no seríamos tratados como güéspedes viaipí ni tendríamos preferencias de bebidas más caras, ni para que nos llevaran en el cochecito a onde quisiéramos antes que a otros, ora tendríamos que esperar a que se desocupara uno. Cuando se metió a bañar, saqué una cheve del frío-bar y me jui a tirar boca arriba al sillón pachoncito de la sala. Dende áhi, a través del ventanal, se miraba el mar, calmado, como paño de mesa de billar pero de color azul. En la terraza, sobre una silla amplia y derronda taba, tendida al sol, la enorme toalla blanca con la que envolví a mi Puchunga cuando salió de la alberca después de salvar al niño que se taba hogando. Se me vino como película a mi mente ese momento: chorreaba agua como Sirena recién salida del mar, mientras calmaba al angustiado niño… y a la madre que, adivinar por qué se puso a chillar a gritos: a la mejor de alegría porque su hijo no se hogó, o a la mejor porque, si se llega a enterar su marido, le metería una chinga por descuidarlo. No sé. Lo que sí me di cuenta jue que su licra atigrada, casi del mismo color de su piel, de por sí parecía más pintada que puesta y ora, de tan mojada, se transparentaba toda. Y su blusa, tal cual, como esas famosas playeras mojadas que casi no dejan nada a la imaginación. Yo no soy celoso pero, claritamente me di cuenta que unos tres o cuatro julanos ya ni miraban al niño ni a la señora que lo abrazaba llorando, sino que, ¡no le quitaban la vista de encima a ella!. Por eso me apuré en ir por la toallota con la que la pude envolver toda. Mientras se le ponía, le dije quedito: –“Tápate Púchun, que no tamos en la playa desnudista de Zipolite”. Ella se rió, agún todavía agitada por la nadada y el susto, con el cabello escurriendo agua y los cachetes encendidos. –“Ay tú, exagerado… ni que fuera la primera vez que me mojo la ropa», me dijo. Sí, le contesté, pero no asina ni alelante de medio hotel. ¡Aray! En vez de que yo me echara un taco de ojo resultó que otros jijos se lo taban echando con mi Puchunga. Me taba terminado mi cheve cuando miré a mi Puchunga vestida con una piyama color rojo pasión, se miraba fresca y tan suavecita que daban ganas de abrazarla nomás de verla tan coqueta. Se tiró en la cama kinzais, con los pies hacia la cabecera y la cabeza a la orilla, dejando que su cabello cayera hacía afuera pa´ que se secara de manera natural. Se le miraba tan cómoda, tan tranquila, tan en paz, que no tardó en quedarse dormidita… y yo, pos le hice segunda. Pasadas las tres de la tarde de ese nuestro segundo día en el hotel Los Vientos en Guatulco, pedimos el carrito hasta la habitación. No pasaron ni diez minutos cuando llegó. Le pedimos que nos llevara al restaurán Vistabella, que taba un poco antes de llegar al loby. Está en un segundo piso, arriba de una gran esplanada con cancha de basquetbol, de tenis y harta área libre. En la entrada del restaurán, ya sabe uno cómo es: una dama elegante, bien arreglada, que pregunta sonriente para cuántas personas. Cuando miró nuestros brazaletes nos preguntó si queríamos del lado derecho que tenía vista a las canchas o a la izquierda que se miraba un jardín, la playa y el mar. Otvio nos juimos del lado izquierdo. Un lugar muy espacioso, mesas cuadradas, manteles sencillos y sillas de madera, con respaldos altos y muy cómodas. El tamaño de ese restaurán era más del doble que del de onde ´bíamos desayunado. Y la comida, ¡no ma me mi mo muuuuu! No ´bía un chingo, era un chinguísimo de tocho morocho, carnes, mariscos, pavo, jamones rebanados y en cachos, verduras y frutas de varias. No podía faltar el menudo, pozole, sopa cremas, pastas que las taban haciendo en el momento, quesadillas, tamalitos, güevos al gusto, salsas de varias, postres a lo cabrón y de varios, pan, jugos, leche. Nos ofrecieron vino y dijimos ok, primero bebimos tinto y a luego blanco. Toda la cristalería era de lujo y las meseras que nos atendieron se portaron muy amables, una de ella muy paticona hasta nos dijo quién era el dueño, que en veces iba, vestido muy sencillo como él era, que se portaba muy amable con los trabajadores. ¡Híjoles! ¡Cuantisísima comida! Yo, me llené tanto que sentía mi panza a punto de reventar y la comida casi a la altura del gañote. Pasaditas las 5 de la tarde empezaron a recoger todo y, antes de que nos corrieran, mejor agüecamos el ala. Nos juimos caminando por una vereda hasta llegar cercas de la playa. En un jardín con muchas palmas altas miramos unos camastros y nos juimos a recostar. Áhi nos quedamos hasta que comenzó a escurecerse. Mi Puchunga me dijo que si yo quería, ella pagaba con su tarjeta Pensión Mujeres Bienestar lo que restaba de dinero pa´que no nos cambiaran de cuarto ni de categoría. Que, además, no tenía ganas de hacer maletas otra vez, porque ya tenía toda su ropa y la mía bien organizada: colgada en ganchos, acomodada en los cajones, cada cosa en su lugar. Le dije que taba bien, que llegando a Iguala yo se los reponía, pa´no gastarme lo que llevaba por cualquier cosa que se ofreciera. Nos juimos entonces al loby y pasamos con una receccionista. Le etsplicamos lo que queríamos. –“Permítanme un momento por favor”, nos dijo y se metió por una puerta a una oficinita. No pasó ni un minuto cuando regresó acompañada de un señor muy elegante, de traje y corbata, quien,
dirigiéndose a mi Púchun, le preguntó: ¿Es usted la señora Fernanda? El señor se acomodó tantito la corbata, garraspió quedo y muy calmadamente le dijo que el hotel taba muy agradecido por lo que ´bía hecho ese día en la alberca. Que no cualquiera se aventaba así, sin pensarlo, a salvar a un niño que se taba hogando. Que la gerencia tomó la decisión de permitir quedarnos en la misma habitación, sin ningún cargo extra, como una cortesía del hotel, en señal de agradecimiento. Nos dijo que esa noche jugaban las Chivas contra el América y era la pelea del Canelo, que ambos eventos los iban a transmitir y que tendríamos atceso viaipí a las pantallas gigantes y… ¡pa´su mecha! ¡Ya me requete colgué! ¡Abur!
