A 110 AÑOS… ¡HAY MUCHO POR ANDAR!
Por: Alejandra Salgado Romero
“La historia nos ha demostrado que el feminismo nunca ha sido un movimiento que odie a los hombres, sino uno que busca justicia”
Gloria Steinem
Hace exactamente 110 años, del 13 al 16 de enero de 1916, un grupo de más de 600 mujeres se reunió en Mérida, Yucatán, para discutir, -con una audacia extraordinaria para su tiempo-, aspectos tan importantes como la educación, la ciudadanía, la igualdad de derechos civiles y políticos, y la participación plena de las mujeres en la vida pública de México. Ese evento, organizado por feministas como Consuelo Zavala, Elvia Carrillo Puerto, Hermila Galindo y otras pioneras, es hoy considerado el Primer Congreso Feminista de México y uno de los hitos fundacionales del movimiento por los derechos de las mujeres en nuestro país.
Desde entonces, aquella voz colectiva se ha convertido en un legado que ha transformado, a pesar de tropiezos e inercias culturales, al México de los Siglos XX y XXI. El Congreso de 1916 no logró entonces la inclusión del voto femenino en la Constitución de 1917, pero fue semilla de reivindicaciones que cristalizarían gradualmente: el sufragio femenino municipal se obtuvo en 1947 y a nivel nacional en 1953, un logro que abrió paso a la ciudadanía política plena de las mujeres. Antes de ello, mujeres como Hermila Galindo habían desafiado las estructuras patriarcales enviando al Congreso Constituyente propuestas para reconocer derechos políticos de las mujeres y promoviendo publicaciones como “La Mujer Moderna”, buscando difundir ideas feministas en todo el país.
A mediados del Siglo XX, las mujeres empezamos a ocupar cargos de representación pública, y desde entonces la presencia femenina en espacios legislativos y gubernamentales ha crecido hasta llegar, en 2024, a que México cuente por primera vez con la primera Presidenta mujer, un hito que simboliza décadas de lucha por la igualdad política. Pero no ha sido un camino recto, ni libre de contradicciones: cada avance legal o institucional ha encontrado resistencias culturales, sociales o económicas que prolongan la desigualdad. El reconocimiento formal del derecho al voto fue sólo el comienzo de transformaciones profundas en el ejercicio real de la igualdad. A pesar de contar con una arquitectura jurídica extensa, -como la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres y la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (2007)-, la realidad de millones de mujeres en México muestra que la letra de la ley, muchas veces queda lejos de la experiencia cotidiana.
Según datos oficiales recientes: En 2023, México tenía cerca de 67 millones de mujeres, que representan más de la mitad de la población total del país. El 70.1 % de las mujeres de 15 años o más ha experimentado al menos un incidente de violencia, ya sea psicológica, física, sexual o económica. La participación de las mujeres en el mercado laboral formal es de alrededor del 46 %, muy por debajo de la de los hombres, que ronda el 77 %. En el contexto doméstico, las mujeres asumen una carga desproporcionada de trabajo no remunerado: representan más del 70 % del total. Estos datos muestran que, aunque existan marcos legales, la igualdad de facto está lejos de alcanzarse. La violencia, -en sus múltiples formas, y la brecha económica y laboral siguen siendo obstáculos estructurales para millones de mujeres mexicanas.
En entidades como Guerrero, la realidad es contundente. De acuerdo con estadísticas recientes, casi el 69 % de las mujeres guerrerenses de 15 años o más ha sufrido algún tipo de violencia, ya sea física, sexual, económica o psicológica. En materia de feminicidios, Guerrero se ha posicionado en un lugar intermedio entre las entidades con mayor incidencia, con decenas de casos registrados anualmente, ocupando posiciones como la 12ª tasa de feminicidios por cada 100 mil mujeres a nivel nacional, en datos de 2025. Estas cifras hablan de una realidad donde la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni marginal: es una crisis social que se reproduce en los hogares, en las calles, en el trabajo y en las instituciones.
En más de un siglo de lucha, México ha logrado avances que deben celebrarse: paridad de género en cargos legislativos, lo que ha permitido mayor representación política femenina, existencia de leyes y políticas públicas encaminadas a la igualdad sustantiva y a prevenir la violencia de género, reconocimiento de derechos reproductivos y civiles que antes eran impensables, y una agenda pública que ya no puede ignorar la voz de las mujeres. Pese a ello, están aún pendientes transformaciones profundas: la eliminación de la violencia de género, la distribución equitativa del trabajo remunerado y no remunerado, el acceso pleno a oportunidades económicas, y la transformación de normas sociales que perpetúan la discriminación y los estereotipos de género.
La lucha por la igualdad no es únicamente normativa. Los prejuicios profundamente arraigados, los estereotipos culturales que asignan roles de género rígidos y la naturalización de la violencia tienen un efecto corrosivo sobre la vida de mujeres y niñas. En este sentido, la batalla por la igualdad exige más que reformas legales: requiere una transformación cultural que destierre la idea de que “lo público es cosa de hombres” y que reconozca, en cambio, que la igualdad beneficia a toda la sociedad.
A 110 años del Primer Congreso Feminista, la causa de la igualdad de género no puede seguir siendo responsabilidad únicamente de las mujeres. La lucha feminista es una lucha por la dignidad, la justicia y la libertad humana. Necesita aliados/as: hombres, familias, comunidades enteras que reconozcan que la violencia contra una mujer es una violación contra toda la sociedad; que la discriminación limita el potencial de cada familia y cada comunidad. Desde las escuelas, donde se construyen las primeras visiones de mundo; desde los hogares, donde se forjan los valores y las relaciones afectivas; desde los lugares de trabajo, donde deben respetarse los derechos laborales y la igualdad de oportunidades; hasta los espacios de poder público, donde las políticas pueden inclinar la balanza hacia la equidad, hay trincheras en las que se juega el futuro de millones de mexicanas.
La igualdad no es un estado que se alcanza y se conserva sin esfuerzo: es una carrera de resistencia, de solidaridad y de insistencia diaria. Es recordar que cada derecho conquistado ayer, puede ponerse en riesgo si dejamos de defenderlo hoy. A quienes creemos en un México más justo, más libre y verdaderamente igualitario, nos corresponde mantener viva la memoria de aquellas mujeres de 1916, no sólo como símbolo, sino como ejemplo de consciencia, congruencia audacia y actitud de cambio. El camino recorrido nos da razones para celebrar, pero los retos que persisten nos obligan a redoblar esfuerzos y a convocar, sin excusas, una lucha a favor de la humanidad entera.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
