Punctum temporis | Un punto en el tiempo

Por: Netza I. Albarrán Razo

El 15 de enero de 1559, en la Abadía de Westminster, Isabel I fue coronada reina de Inglaterra, un acontecimiento que marcaría el comienzo de uno de los periodos más decisivos y transformadores de la historia europea. Su ascenso al trono no solo cerró una etapa de profunda inestabilidad política y religiosa, sino que dio origen a lo que hoy se conoce como la Era Isabelina, sinónimo de poder, expansión y florecimiento cultural.

Isabel Tudor heredó un reino fracturado. Tras los turbulentos reinados de su padre, Enrique VIII, y de su media hermana María I —cuyo gobierno estuvo marcado por la persecución religiosa—, Inglaterra se encontraba exhausta por los conflictos internos y la tensión entre católicos y protestantes. Con apenas 25 años, Isabel asumió el poder en un contexto adverso y con una legitimidad constantemente cuestionada.


Desde el inicio de su reinado, la nueva monarca mostró una notable habilidad política. Restableció el anglicanismo como religión oficial, pero lo hizo mediante una política de equilibrio que evitó enfrentamientos abiertos con las potencias católicas de Europa. Esta prudencia, combinada con una firme autoridad, permitió estabilizar el país y consolidar el poder de la Corona.


El reinado de Isabel I también fue una etapa de expansión marítima y comercial. Bajo su mandato, Inglaterra fortaleció su flota naval, impulsó la exploración y desafió el dominio español en los mares. La derrota de la Armada Invencible en 1588 se convirtió en el símbolo del ascenso inglés como potencia naval y del declive de la hegemonía española.


En el ámbito cultural, la Era Isabelina fue un periodo excepcional. Las artes y las letras florecieron como nunca antes. Dramaturgos como William Shakespeare, Christopher Marlowe y Ben Jonson desarrollaron su obra en un ambiente de creciente identidad nacional y libertad creativa. Londres se transformó en un centro cultural de primer orden.


Isabel I nunca se casó ni tuvo descendencia, decisión que reforzó su imagen como la “Reina Virgen”, casada simbólicamente con su reino. Esta elección, lejos de debilitarla, fortaleció su autoridad y le permitió gobernar sin compartir el poder, algo inusual para una mujer en el siglo XVI.


Cuando Isabel murió en 1603, dejó un país más fuerte, estable y consciente de su lugar en el mundo. Su coronación, aquel 15 de enero de 1559, no fue solo el inicio de un reinado, sino el punto de partida de una era que redefinió a Inglaterra y dejó una huella profunda en la historia occidental.