Por: Enrique Quintana

El jueves pasado, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) dio a conocer sus estadísticas de cierre de 2025 en cuanto al número de asegurados.

A primera vista, el dato no parece negativo pues el número total de trabajadores asegurados creció 1.3 por ciento en el año, en un contexto en el que la economía mexicana habría avanzado apenas entre 0.3 y 0.4 por ciento, de acuerdo con las estimaciones disponibles.


Sin embargo, una lectura más cuidadosa sugiere que esa comparación puede inducir a una conclusión equivocada sobre el verdadero dinamismo del mercado laboral formal. El problema no está en el dato en sí, sino en su interpretación.


A partir de julio, el sector de transportes y comunicaciones –en el que se incluye la mayoría de los trabajadores de las plataformas– registró un incremento extraordinario en el número de trabajadores asegurados. Solo en el segundo semestre del año se incorporaron 220 mil 965 personas en esa rama, cuando el aumento total de los asegurados en toda la economía fue de 191 mil 410. En otras palabras, el crecimiento del empleo formal en el periodo provino íntegramente de ese sector, mientras que el resto de las actividades económicas, en conjunto, perdió 29 mil 555 empleos.


Para el año completo ocurre algo similar. De los 278 mil 697 trabajadores adicionales reportados por el IMSS en 2025, 217 mil corresponden al sector de transportes y comunicaciones. Si se aísla ese efecto, el incremento neto del empleo formal en el resto de la economía habría sido de apenas 61 mil 509 personas, lo que equivale a un crecimiento cercano a 0.3 por ciento, no al 1.3 por ciento que muestra la cifra agregada.


Este ejercicio no pretende cuestionar la incorporación de trabajadores de plataformas digitales al régimen de aseguramiento. Al contrario, se trata de un avance relevante en términos de protección social y derechos laborales. El punto crítico es otro: cuando ese salto administrativo se interpreta como señal de mayor dinamismo económico, se corre el riesgo de sobreestimar la fortaleza real del mercado laboral.


El ajuste consiste simplemente en aislar una rama que recibió un choque regulatorio exógeno en la segunda mitad del año, para observar el comportamiento del resto del empleo formal bajo condiciones normales. Y lo que aparece es una economía que apenas logra sostener su nivel de ocupación formal.


No es casualidad que esta cifra ajustada sea consistente con lo que muestra la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, que reportó una variación anual de 0.0 por ciento en la población ocupada hasta noviembre. Se trata de dos fuentes distintas, con metodologías diferentes, pero que coinciden en una señal común: el estancamiento del mercado laboral.


Otra manera de dimensionar el carácter atípico del fenómeno es observar las tasas de crecimiento sectorial. En 2025, el empleo formal en transportes y comunicaciones creció 13.7 por ciento anual. En contraste, el comercio avanzó apenas 3 por ciento, mientras que la industria de la transformación cayó 2.1 por ciento y la construcción retrocedió 2.3 por ciento. Un diferencial de esta magnitud no tiene precedente reciente en fases normales del ciclo económico.

Es cierto que existen tendencias estructurales –como la expansión del comercio electrónico o los servicios de movilidad– que han impulsado a ese sector. Pero difícilmente explican un aumento tan concentrado en pocos meses y tan desalineado del comportamiento del resto de las actividades productivas.


La lectura positiva es clara: más trabajadores cuentan hoy con seguridad social. La lectura incómoda es que, más allá de ese avance institucional, el empleo formal asociado al ciclo económico muestra signos evidentes de debilidad.


Leer estas cifras sin dimensionarlas correctamente puede generar una falsa sensación de fortaleza en el mercado laboral y, por extensión, en la economía.

Los errores de diagnóstico suelen tener consecuencias políticas: retrasan decisiones, suavizan discursos y alimentan complacencias que el ciclo económico, tarde o temprano, se encarga de desmentir.


En un entorno de bajo crecimiento, reconocer la fragilidad a tiempo es una virtud. Disfrazarla con cifras acomodadas a la conveniencia, es casi siempre una tentación que genera costos para todos.