Con los ojos del amor
Por: Enrique Castillo González
El Hospital Central Militar en sus más de 80 años de existencia ha sido el templo del espíritu militar mexicano.
Entregado entonces al naciente Instituto Armado por el Presidente Manuel Ávila Camacho allá por 1946 desde su día uno este “el Hospital Militar” es el corazón, corrijo, es el alma de la “Gran Familia Militar”.
Ahí es donde nace la historia más catártica del espír de corp del Ejército Mexicano. Hoy, esta misma la volveré a narrar ya desde el siguiente párrafo…
Si ahora es majestuoso ¿cómo imagina usted la experiencia de estar o visitar el Hospital Central Militar allá por los años 60as del siglo pasado? entendiendo esto, -casi al mismo tiempo de la construcción del HCM fue levantado el edificio de la Defensa Nacional; también las instalaciones del Campo Militar #1 estuvieron en ese ejercicio aunque desde 1944 en dicho Campo (“”) se habían ya construido media docena de Cuarteles para los Conscriptos, entrenados esos para la Guerra (II). Y todo ello sobre las despobladas lomas de Sotelo frontera ya con el estado de México.
Pero regresemos a la historia de nuestro HCM.
En la sección más alejada de la entrada principal y en el piso más alto (¿5?) estaba el pabellón de traumatología, ahí, soldados y oficiales perfilados cómo pacientes recibían la atención médica de Doctores y Enfermeras militares; el personaje central de nuestra historia (y hoy leyenda) ocupaba una cama.
Enyesado del torso para abajo, la mano izquierda cruzada por tornillos y vendajes en el deltoides derecho (por dislocación) Golmar Rosales, por todo ese trauma (“”) cruzaba por un estoicismo obligado y; por su torrente sanguíneo fluían sicotrópicos y vitaminas además, por una de las cavidades nasales invadía una sonda para ser, por esa alimentado.
Un firme cinturón (tipo cinturón de seguridad) mantenía al Teniente Golmar sujeto a los fierros de la cama.
Hablemos del pabellón de “trauma”.
Se trataba de una sección con 30 camas, 15 alineadas frente a la misma cantidad, aromas y olores ocupando cada uno su horario, si, aunque el olor a alcohol y desinfectante estaba sempiterno el aroma de atole por las mañanas y café en la tarde les dejaba saber a los pacientes, la mayoría inmóvil, la hora del día.
El personaje de esta leyenda convalecía de fracturas y daños internos, males cuasi remediables si se tratara de un “civil”, más, en este caso el “paciente” es un teniente de Infantería especialista en Paracaidismo Militar, de 21 años ese ya había alcanzado nivel de Instructor de Salto y pues, al saberse postrado en la cama y con el tipo de fracturas activas en su esqueleto él, Golmar, intuía el fin, no solo de su comisión como Maestro de Salto e instructor, el Teniente Rosales se veía ya fuera del Ejército.
-el paciente cruza por cuadros de neurosis depresiva y esa va de aguda a moderada- decía el expediente colgado a los pies de la cama, ese papel dejaba leer el progreso del tratamiento de ortopedia.
En el tema de las fracturas esas estaban siendo atendidas por el Dr. Cancino, y ese Mayor Médico estaba llevando un tratamiento cercano a la perfección, sin embargo el daño importante estaba en la mente del oficial, dicho directamente, el Teniente Paracaidista ya no tenía interés por la vida, buscaba alcanzar la recuperación suficiente para arrastrarse hacia la ventana más próxima y una vez más volverse a arrojar al vacío, aunque ahora lo haría sin los paracaídas; enfermeras y médicos conocían de esa intención por ello lo del cinturón de seguridad y los psicotrópicos.
La historia nos cuenta, un día, cuando el aroma del atole ya no estaba y comenzaba a sentirse la presencia del vapor de la caliente sopa Golmar había ya medido la distancia de él con el enfermero, el teniente le había echado el ojo un cúter dentro de la bolsa lateral de la “filipina” del joven enfermero -cuando se pare junto a mi le saco esa navaja, si se da cuenta inmediatamente me corto la garganta, si lo alcanzo a hacer sin ser percibido entonces esta misma noche me abro las venas de las “muñecas)-. Ese era el grado de desesperación del Instructor de Paracaidismo Militar quebrado del cuerpo, ¡ya no quería vivir! De hecho los Psiquiatras ya habían alarmado al personal de enfermería de ese pabellón.
Y cuando ya el enfermero acomodaba la botella de suero, colgada esa en una suerte de perchero de acero junto a la cama, y con el cúter a 5cm, de pronto Golmar escuchó una voz fuerte diciendo -¡alcánzala mmdejo!- el inmovilizado y maltrecho teniente instintivamente buscó con la mirada el lugar donde nacía ese grito, justo frente a él aunque un poco a la izquierda estaba la cama de donde alguien había pegado (“”) ese grito.
Sentado sobre el colchón, recargado contra la cabecera, teniendo entre esa y su espalda un par almohadas verdes estaba el del grito; con la mano derecha dejaba a las yemas de sus dedos tocar el cristal de la gran ventana, así él, sigo con el paciente sentado en la cama junto a la ventana, dirigía su mirada hacia el otro lado de los cristales.
Aunque solo podía levantar la cabeza, el Teniente Paracaidista alcanzaba a ver perfectamente la persona esa del grito, hombre de menos de 40 años, corte de pelo reglamentario, perfectamente rasurado, usando las pijamas azules ministradas por el hospital ese a quien identificaremos cómo el Capitán Rizo, seguía viendo hacia algún lugar allá detrás de esa ventana y, seguía diciendo.
-alcánzala güey; seguro camina despacio para esperarte- desde un sillón cerca de ellos alguien, también inmóvil le lanzó una pregunta a Rizo -comenta, dinos lo sucedido detrás de tu ventana-.
Rizo, sin dejar de ver allende esa ventana les platicó a quienes lo escuchaban -allá abajo en el jardín, entre los corredores de adoquín y la fuente, bajo los frenos, truenos y entre jacarandas un joven oficial y una enfermera militar (EME) traen un pleito de novios, él le dió un pequeño ramo de flores ella en cuanto lo tomó se lo arrojó a los pies y al mismo tiempo alzó el talón para, desde ahí, dejarlo caer contra el piso, dió media vuelta y se retiró casi al paso veloz- desde varios lugares del pabellón se escucharon reacciones -¿la siguió?- preguntó el del sillón -lo intentó pero ella regresó a verlo solo para hacerle el gesto de “y ni me sigas” y él, firme, por su flanco más inmediato también se retiró- una parvada de risas revoloteó dentro del Pabellón y entre las 30 camas, más, para entonces Golmar Zerafín Rosales Badillo tenia ya en su poder el cúter robado al enfermero.
-¿cómo eran ellos?- le preguntó alguien -ella- respondió ipso facto Rizo -con uniforme y cofia todo muy blanco… blanco hasta los zapatos, llevaba sobre los hombros una larga pelerina azul-, y dijo más -debe ser muy guapa pues hasta acá llegó su bonitez- sonrisas y carraspeos siguieron ese comentario. Rizo completó la idea de esa atmósfera -él, con uniforme verde olivo, botas y fornitura café perfectamente boleadas, su chamarra abierta, única de paracaidista llevando grado y alas en hombros y pecho, una boina carmesí es su tocado- ¿ta’guapo?- se escuchó desde el fondo, rizas de chunga y sentidos dobles volvieron a ocupar el viento, Rizo respondió, -no sé si es guapo, la verdad no tengo la capacidad de leer eso. Ciertamente, la buena atmósfera generada por y entre ellos se hizo de todos los espacios.
El sueño venció al Teniente Golmar, y si, esa noche soñó a los novios uniformados allá abajo en ese jardín dibujado por Rizo, incluso vió ardillas de esponjosas colas equilibrándose entre ramas y cables,… la mañana siguiente la enfermera en turno vio en el piso un cúter con la filosa hoja expuesta, lo levantó inmediatamente.
-bien por el Director del Hospital, eso de dejar a los niños menores de cinco años jugar en el pasto es extraordinario- se escuchó decir a Rizo y dijo más, -los niños corren detrás de rojas pelotas y las nenas quietesitas abrazando y peinando a sus muñecas, muñequitas a veces más altas y robustas que la imaginaria mama (así sin acento)- dijo esa mañana Rizo. Ya todos estaban atentos a los “apuntes” del paciente frente a la ventana, al punto de pedirle -si ves la llegada y posible reconciliación de los “novillos” comenta- Rizo en modo positivo casi gritó -por supuesto-. Las horas corrían con las “novedades” Normales.
-¡órale! Allá viene el novio chuta- Rizo así se refería al teniente paracaidista aquel semi/despreciado por la EME (cómo se conoce en el ambiente militar a las egresados de la Escuela Militar de Enfermería) – y si, la atención se agarró a la voz de aquel frente a la ventana; minutos después fue el mismo Golman Zerafin quien preguntó -¿no ha llegado ella?- Rizo respondió con el rostro casi pegado al cristal -fíjate…no, ella no llega, y el novio o ¿ex novio? sigue ahí, de pie- no hubo exclamación alguna dentro del pabellón; el atole de la noche y la rutina de medicación cumplió su rol.
Así durante las horas de luz Rizo les seguía dejando saber a sus compañeros “pacientes” todo evento sucedido allá en ese jardín, el juego de niñas y niños, el salir de pacientes “dados de alta” e incluso el jugueteo de alguna ardillas.
-aquellos novios ¿no han vuelto?- preguntó una voz anónima, recordando la firme inmovilidad de los 20 pacientes dentro del pabellón. -pues no, en caso del regreso de ella o de él te lo comento, le respondió- Rizo en sus pláticas les dejaba saber el cruce por el verde y arbolado jardín de otras “EMES” y/o de los aguerridos juegos de fútbol entre niños, y si, se debe decir, la conversación entre Rizo y los otros pacientes llegaba creaba en la atmósfera de dolor y medicación, momentos de ataraxia, el espacio dentro del dolor de aquellos pacientes del Hospital Central Militar, era.
Así pues, la conversación de este enigmático paciente, hablo de Rizo, con sus inmóviles compañeros, generó estados de tranquilidad imperturbable, serenidad y ausencia de perturbaciones mentales y eso fue definitivo en la búsqueda de la salud (mental) tan valorada en esa ala del Hospital (HCM).
Una tarde, solo acompañada por el aroma de sabanas almidonadas Rizo anunció -hago de su conocimiento….- el silencio se hizo de todos los espacios donde antes había ruido. Caras de “what” poblaron el camerío, Rizo entonces siguió -allá, saliendo de la Escuela Militar de Enfermeras viene la EME…- ¿la del berrinche?- preguntó Golman, Rizo, sin dejar de mirar por la ventana dijo -esa misma- y agregó -ah, y no me van a creer si les digo quien viene del exactamente por el otro lado- un segundo después se escuchó casi en coro -¡el chuta! ¡el novillo!…- exactamente- dijo Rizo.
Desde su lugar, sentado en la cama Rizo hizo la reseña del naciente (re) encuentro -ya ambos entran cada uno por un lado del jardín// a esa velocidad seguramente se van a encontrar en la fuente- lo va a volver a botar- dijo desde su cama el amargado- van a hablar- dijo el pragmático- se abrazarán- dijo Golman Zerafin- el ambiente se tensó, tiempo después ya vuelta leyenda esa historia alguien dice “hasta se cruzaron apuestas” aunque eso no se comprobó.
-ya se alcanzaron con la mirada, él hizo intentos para correr pero al saberse uniformado solo aceleró el paso- -¿ella? -interrumpió alguien- ella comenzó a andar más lento aunque su cara morena clara funcionaba ya cómo marco de una gran sonrisa- la tensión entre las camas y los yesos casi se podía tocar; -¡ya están una frente al otro!- exclamó Rizo… -y…- el silencio seguía hablando.
-se han fundido en un intenso abrazo- dijo Rizo sin dejar de casi pegar su cara en el cristal. De inmediato una oleada de expresiones, esas iban de un elegante ¡yes! hasta un cuartelero -¡a huevo!- aplausos y júbilo muy parecido a las expresiones de un sorpresivo Gol. Créanlo, queridos (12) lectores hubo lágrimas en alguno de los rocosos rostros oyentes de ese encuentro (“”).
Los días pasaron, pacientes iban progresando en sus tratamientos, al teniente Golmar ya la habían quitado la sonda y tenía dieta blanda, el Mayor Cancino re valoraba su diagnóstico dejaba de ser fractura para nombrarse “luxación”, de la mano se retiraron los tornillos y el hombro gozaba ya de total salud.
Alguna vez la trabajadora social le hizo saber -hace unos días estuvo a visitarlo el paracaidista salvado por usted mi teniente, y le dejó esto- la trabajadora social le puso en la mano unas alas plateadas, y entonces el Instructor de Salto entendió “logró sus cinco saltos” y luego sonrió y recordó.
El elemento al salir del Lockheed C-130 (Hércules) golpeó su cabeza contra el fuselaje perdiendo el sentido, la reacción del Teniente Golman Zerafin fue lanzarse detrás de él y ya agarrado caer juntos y, por ello el Instructor aumentó el peso y por ende el riesgo, se puede decir, “el oficial paracaidista calló libremente de una altura de 10 metros, resultando las lesiones ya informadas, ah, y el soldado cursaste alcanzó tierra sin novedad”.
Golman observó y abrazó entre cinco dedos esa joya. De hecho, el signo de esas alas plateadas funcionaba como el arché de esta historia.
Del ¿cómo terminó esta historia?… pues nada, aquella mañana nació con lluvia, el ruido salido del silencio (Sic) de donde estaba la cama de Rizo llamó la atención, cuando Golman levantó la cabeza buscando a aquel gran narrador solo vio la cama vacía, bien tendida, con cobijas y sábanas limpias; reaccionando a eso el Teniente Serafín le preguntó a una enfermera -¿donde está el Capitán Rizo?- la mujer le respondió con esa frialdad propia de quien ha cruzado repetidamente con esas experiencias -el Capitán Rizo esta madrugada murió.
El asunto está en el tema clínico del Capitán de Sanidad Arturo Rizo, él cruzaba por un cuadro de Cancer en su fase terminal, su debilitado esqueleto ya no lo podía sostener, él lo sabía e instruyó (incluso legalmente) no recibir ningún tipo de apoyo para prolongar su vida, solo medicamentos para mitigar el dolor.
Aunque acá podríamos extender los resortes álmicos para hablar del dolor y la consternación lo cierto está en el modo de pensar dentro de una atmósfera militar, “sienten pesar y dolor, no lo manifiestan”.
Así, dentro de ese marco pragmático y ya habiendo pasado las horas de luto el teniente Golmar se dio tiempo para pedir a la jefa de enfermeras del pabellón esto …-¿podrán asignarme esa cama?- Golman tímidamente señaló hacia donde estaba la ventana- encogiéndose de hombros la también teniente, pero ella de enfermeras asintió e instruyó a camilleros para llevar al oficial paracaidista a aquella cama, esa junto al ventanal; con el rostro radiante Golman Zerafin lanzó su mirada hacia donde calculó estaba el verde pasto, la fuente, los árboles, ¡los niños! ¡LAS EMES! Pero….
… Exactamente a metro y medio de la ventana estaba un muro de ladrillos rojos, muy rojos, unidos esos por hilos grisáceos de cemento; Golman no acomodaba su asombro, llegó a pensar “ayer, o la semana pasada levantaron este muro”, Rizo hablaba con tal convicción y esa no dejaba lugar a dudas, aunque, cuando Golman habló con la enfermera lo reacción inmediata a la respuesta de la Enfermera fueron hilos de lágrimas.
-madre- preguntó el Teniente a la enfermera -¿¡dónde está el jardín y los árboles!? la enfermera no se sorprendió de la pregunta aunque, mostrando un rostro pícaro, responde -nunca hubo ni jardín, menos niños o novios frente a esa ventana, ese muro siempre ha estado ahí- el Paracaidista quien, se puede decir, ya solo estaba vendado pues el yeso había sido retirado, volteaba a ver el muro y después a la enfermera solo alcanzó a titubear -pero el Capitán Rizo nos contaba …- la enfermera se acercó al Teniente y ya muy cerca le dijo -el Capitán Rizo estaba ciego- Golman deja ver en rostro y lenguaje del cuerpo una escandalosa sorpresa -entonces- dice para si el Paracaidista -entonces el Capitán Rizo sintiendo el ambiente negativo e incluso sabido de las motivaciones suicidas decidió moldear las almas vibrantes en esa atmósfera de cuerpos quebrados y espíritus caídos- respondió la Enfermera -nos engañó- dijo en voz muy baja el casi recuperado Teniente Paracaidista -los rescató, diría yo- dijo también en voz baja la oficial enfermera.
El punto es, el Capitán de Sanidad Militar, sabido de su pronto final, y queriendo desarrollar algo antes de “pelar” buscó hacer de ese Pabellón un Gym para el fortalecimiento de “espíritus enclenques” y, -según la enfermera- lo logró.
Rizo alcanzó a colocar en esa cámara (“”) al EGREGOR perfecto; explico. En sus ideas, llevadas por la voz, el Capitán de Sanidad Militar formó un pensamiento colectivo e hizo brotar de esa energía mental y emocional colectiva músculos álmicos, esos regresaron la Salud Mental a los pacientes quebrados de cuerpo y espíritu. Y más.
Tal -resonancia límbica- o, entrelazamiento cuántico, creó la salud mental desde donde se formó un esqueleto recién soldado.
Sea pues esta historia (…¿leyenda?) una tesis del siguiente escalón del Espir de Corp y una muestra del verdadero sentido de un Ejército de y para la Patria. Por cierto; Golman Zerafin luego de haber sido “dado de alta” útil para el servicio continuó su carrera, en esa entre varias comisiones, algunas de ellas en el extranjero, fue Comandante de la Brigada de Paracaidistas y fundador del Cuerpo de Fuerzas Especiales, ah, y decidió no detener su mirada en aquel muro y, observar el abrazo reconciliador de la enfermera y el oficial así cómo a los niños pateando la pelota.
Último Patrullaje.- ¡bien por la reestructuración del Servicio Militar Nacional (SMN). Acercar a los nuevos ciudadanos (as) al servicio de la defensa de la República Mexicana es una buen principio académico.
Balazo al aire.- rumbo al Quid.
Gregueria.- Excelente tu figura de química, pues, si fueras física buscaría siempre tocar tu piel.
Oximoron.- musas feas.
Haiku.- vaya si tu sonrisa
no me alegra;
garza blanca, mi niña.
