Rafael Domínguez Rueda
-«En vida, hermano, en vida»
No acostumbro ir a los velorios; sin embargo, hay ocasiones en que es necesario acompañar en los últimos momentos al familiar o al amigo, Hace unos días, estando en el velatorio, donde había dos difuntos, alcancé a es cuchar la conversación de unos muchachos que se encontraban atrás de mí. Uno de ellos dijo: «Qué mujer! Era una muchacha bonita, inteligente, hacendosa y muy amigable«. ¡Una compañera de la difunta suspiró con tristeza “¡Caramba! ¡Tuviste que morir, amiga, para que la gente diga de ti cosas bonitas!»
En efecto, ahora vivimos tan de prisa que, al encontrarnos o cruzarnos en la calle hasta con nuestros propios familiares, solo escuchamos un ¡Hola! Es una de las más tristes facetas de la naturaleza humana: aquella que nos hace regatear el elogio a quienes viven y alaban con largueza a los que ya pasaron a mejor vida.
Por eso considero que es sabia y amorosa la frase de Ana María Rabatte: «En vida, hermano, en vida”. Ya de muerto ¿para qué?
En ese sentido, una vez más, quiero y debo reconocer la brillante trayectoria de mi amigo y maestro don José Rodríguez Salgado, quien el próximo sábado 6 de este mes cumple 86 primaveras en pleno diciembre. Y los cumple con absoluta lucidez y espíritu de lucha, conciencia moral, alegría franca y sin resentimientos, lo que es una de las grandes bendiciones de la vida. Pero también, en esos términos alabo la conducta intachable de don José.
Sin duda, el próximo sábado 6 que habrá de estar de manteles largos, recibirá numerosas felicitaciones de familiares, amigos, discípulos y admiradores como yo, pues a lo largo de los años de conocerlo, he percibido la buena opinión que de él tiene medio mundo.
Yo comparto ese juicio favorable que sólo lo alcanzan los hombres probos. Sobrada causa tendrá Rodríguez Salgado para el resquemor, y sin embargo, su actitud es generosa y positiva; su trato cordial y afectuoso; su visión clara, pues le ha permitido alcanzar sus metas y hacer realidad sus sueños; por lo que se ha retirado de la vida pública y vive feliz con su compañera, sus libros, su música y escribiendo Presencias y Reminiscencias.
Estamos en presencia de un educador maduro, un maestro ejemplar, un político positivo y apartidista, paradigma de guerrerense; en fin, un hombre sencillo, pero infinitamente sabio, sin culpas, sin odios, empeñado en la lectura y gozando de la misma, cuyas acciones y palabras son de bien para sus seguidores y para la nación.
Maestros como José Rodríguez Salgado necesita México, pues él es una prueba viviente de que en el mundo no hay castas o linajes superiores y que cualquier niño, bien puede convertirse por su dedicación a los libros en uno de los maestros eméritos, en uno de los más grandes tribunos que le han merecido el título de «Príncipe de los oradores guerrerenses” y en uno de los exponentes de la cultura nacional.
Hay muchos ciudadanos que convierten los triunfos en derrotas. Don José parece haber sacado de su estrechez una sabiduría personal que lo hace buscar el bien no sólo de los suyos, sino, sobre todo de México por encima de todo otro interés. En cualquier ser humano sobreponerse a las adversidades, y sacar de ellas enseñanzas, es gran victoria. En un maestro, como don José, eso es un espléndido éxito.
El próximo sábado 6 se cumplirán 86 años de que cerca de una piedra que canta, la Tecampana nació otra leyenda, la de un mexicano de excepción que, por contraste, vino al mundo en un humilde hogar de Teloloapan.
Para gloria de las letras, de las aulas y de la tribuna, este príncipe nacía para dar brillo a la cátedra y convertirse en guía de la cultura y de la educación del pueblo.
¡Felicidades, don José!
