Qué bajo han caído
Por: José I. Delgado Bahena
Una de las cosas que he sabido manejar, además del automóvil, es el temperamento. Es importante esto al andar entre la gente para conducirse con tolerancia y serenidad ante un disturbio o una situación imprevista. Lo digo porque, cuando, andando en la calle ocurre algún incidente con otro automovilista, sea el culpable yo o la otra persona, trato de mantener la calma para resolver el problema o aceptar las consecuencias sin exaltarme y mucho menos insultar.
La convivencia con los demás, pues, debe ser con respeto y armonía para reparar cualquier daño, más si se trata de algo material y no afectó de alguna manera nuestra estabilidad de la salud o de la mente.
Así que, ni modo: hablaré de política. Ya lo he dicho: es uno de los tres temas que no me gusta abordar en esta columna, mas ahora creo que lo sucedido entre dos políticos tan representativos es digno, y necesario, tomarlo como punto de partida para el comentario que quiero hacer sobre la descomposición de la sociedad, en general, y de la convivencia política de estos personajes que, se supone, tienen otra preparación y otra visión de la gestión en la vida pública.
Pero bueno, lo que pasó hace un par de días entre los señores Alejandro Moreno, del PRI, y Gerardo Noroña, del PT (Morena), es un claro ejemplo de cómo ha venido ocurriendo esta descomposición de la que hablo. Pero, repito: solo lo tomo como ejemplo para hablar sobre la indiferencia del hombre hacia el hombre mismo (Entiéndase, género humano).
Es indiscutible que la deformación del trato entre los políticos se ha venido dando desde décadas atrás, en otras administraciones, cuando los actuales dueños de la cancha se peleaban por el balón y eran oposición. Actuaban igual, reclamaban igual, peleaban igual. Ah, pero los que ahora son oposición, que entonces eran dueños hasta de los uniformes y de los árbitros, trataban igual a los que ahora tienen la sartén por el mango: los menospreciaban, les gritaban, les llamaban de mil formas despectivas, los insultaban… Eran, pues, lo mismo, como lo mismo son los que ahora están al frente.
¿Verdad que ni a cuál irle? Ah, y eso ocurre en todos los niveles de gobierno: en las cámaras, en los municipios, en los estados, en el país y hasta en los pueblos; se insultan, se difaman, se evidencian y, claro, no han faltado los golpes en varias ocasiones.
No debemos cerrar los ojos para reconocer que los morenistas se la pasaron agrediendo verbalmente en sus discursos a los de la oposición y, aunque así han sido la mayoría, con ello calentaron a los legisladores priistas. Repito: así son casi todos, suben a tribuna pensando en cómo insultar, no centrados en sus propuestas.
Pero, me pregunto: ¿cuál es el motivo de que esto ocurra? Inmediatamente me respondo: el interés económico y del poder. Es decir: buscan cuidar sus intereses personales, por un lado, y saciar sus ansias del poder, para figurar, resaltar, ser alguien en esta sociedad que se rinde ante el poder y el dinero.
Lo malo es que no queda en el ámbito político, se extiende hacia las familias a través de las redes sociales. Los mensajes, las publicaciones, los memes, los comentarios, están a la vista y disponibles para todos los cibernautas, sin distingo de edad, preparación o sexo; entonces se toman como cierto o como modelo lo que se dice o se publica, solo por estar en un medio de comunicación (que no de información, porque hay personas que se dicen periodistas y no se limitan a informar, dan su punto de vista).
Así, por ejemplo, vi un meme donde alguien publicó que mucha gente estaba formada para ir a felicitar a “Alito” y también darle de golpes a Noroña. Leí los comentarios y advertí que mucha gente le seguía el juego, en serio o en broma, pero apoyaban e incitaban a la violencia.
Lo mejor debía ser que reaccionáramos con indignación en protesta por esa manera de tratar los asuntos que tienen en sus manos y que deberían resolver con la mayor templanza y cordura, pensando en el bien de la nación, pero el nivel de confrontación política entre quienes, se supone, nos representan, ha caído muy bajo, la verdad. Me dan mucha pena.