Parasitosis intestinales – Don Chimino

Por: J. David Flores Botello

PARASITOSIS INTESTINALES.- En muchos pueblos, colonias y ciudades del país, todavía se oye decir: “yo creo que mi hijo tiene lombrices”. Y aunque suene a creencia antigua o a mito heredado, la parasitosis intestinal sigue presente y activa. No es exageración ni costumbre de abuelita. Es una realidad, sobre todo en zonas cálidas, con tierra, mascotas, juegos al aire libre y hábitos de higiene no siempre estrictos. A veces los niños comen bien pero no suben de peso. O comen demasiado y no se llenan. O tienen dolor de panza recurrente sin causa aparente. O de pronto se quejan de comezón en la colita, sobre todo en la noche. A veces incluso no pueden dormir, se mueven inquietos o rechinan los dientes dormidos. En otras ocasiones, lo que alerta a la familia es algo más evidente: una lombriz blanca, delgada, que aparece en el pañal, en la ropa interior o incluso en la taza del baño. Y ahí empieza la preocupación. Hay lombrices que se ven a simple vista. La más común en nuestro medio es el Ascaris lumbricoides, una lombriz intestinal de color blanco amarillento, parecida a un espagueti mal cocido. Puede medir de 10 a 30 cm y vive enrollada en el intestino delgado, alimentándose de los nutrientes del niño. A veces, si hay muchas, pueden salir por la boca, la nariz o el ano, sobre todo si el niño tiene fiebre o está en ayuno. Otra muy común es el Enterobius vermicularis, conocido como oxiuro o “alfilerillo”, que parece un hilito blanco que sale del ano en la noche a poner huevos, causando picazón intensa que altera el sueño. También existen parásitos planos, como la tenia, segmentada y más peligrosa, y parásitos microscópicos como la Giardia, que no se ve, pero da diarrea, gases y distensión abdominal. El contagio no es cosa de brujería. Se transmite por vía fecal-oral: manos sucias, frutas y verduras mal lavadas, agua contaminada, caminar descalzo, convivir con mascotas que no han sido desparasitadas o el simple contacto entre niños cuando no se cuidan las medidas de higiene. En muchos casos, los estudios de laboratorio confirman la sospecha, pero hay ocasiones en que los exámenes no detectan nada, y sin embargo el cuadro clínico es evidente. El tratamiento, entonces, no debe improvisarse. No todos los antiparasitarios sirven para lo mismo. Automedicar a los niños con el “jarabe que le dieron a la vecina” puede ser inútil o incluso riesgoso. Algunos tratamientos requieren dosis única; otros, dos o tres dosis espaciadas. Y cuando hay muchos niños en casa, a veces hay que tratar a toda la familia, porque una sola lombriz puede poner miles de huevos al día, y el contagio se recicla. Pero no basta con dar el medicamento. Si no se refuerza la higiene, el parásito vuelve. Hay que enseñar a los niños a lavarse bien las manos después de ir al baño, antes de comer, al llegar de la calle. Hay que cortarles las uñas, evitar que se metan los dedos a la boca, lavar bien frutas y verduras, hervir o clorar el agua, desparasitar a las mascotas, mantener limpios los pisos, lavar sábanas y ropa interior con frecuencia. Y si se puede, desparasitar con control médico una o dos veces al año.

Las lombrices existen, no son producto de la imaginación. Pero también existen el conocimiento, la prevención y el compromiso familiar para proteger a nuestros niños. Y eso, al final, hace toda la diferencia.


DON CHIMINO.- Después que mi nuevo compadre Eleuterio nos dio el chilate, bien helado, sentí que regresó mi alma a mi cuerpo. Y lo más seguro es que tambor a mi Puchunga, cuando llegamos taba medio apagada pero, después del bendito chilate se miró que cargó batería porque se puso a paticar muy animosa con la nueva comadre Eulalia, casi se arrebataban las palabras entre unas y otras. –“¿Qué compadre? ¿Qué tal te cayó mi remedio? ¿A poco no te sientes mejor? Llegastes como pan crudo y ora ya agarrastes color. Y pérame tantito, te voy a traer otra parte del remedio pa que te entones más y te pongas cabrón, oh veras” Dijo Eleuterio y salió del salón. Otros 10 minutos y regresó con dos bolsas con una especie de agua media turbia, me dio una a mí y otra a mi Púchun. Cuando miré los pedazos de coco tierno dentro de la bolsa en l´horita supe que era agua de coco. Le chupé al popote que traiba adentro la bolsa y ¡mmmm! Taba helada y sí, sentí que mi pila se cargó más. En eso, pidieron que todos ocupáramos nuestros lugares porque iba a iniciar el programa. Al frente del salón taba una tarima como de medio metro de altura. Por una escalerita subieron a los niños, uno por uno conforme los iban nombrando y pasaban al frente en donde una maestra les iba entregando sus constancias. Jue una guerra de porras y una carrera de padres y abuelos. A pesar de que dijieron que tuviéramos sentados, las gentes se pararon a tomarles fotos y videos a sus niños. Algunas mamás casi chillaban de la emoción. Un abuelo etsagerado se paró mero enfrente con tal de tener la mejor toma de su nieta a quien le gritaba ufano y orgulloso:–“¡Alexita! ¡Alexita! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Voltea para una fotoo!¡Foto! ¡Foto! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Alee! ¡Bebee!”. Y se armó el desmadre, todo mundo se empezó a parar pa tomarle fotos y videos a sus hijos. Ójala que ya que nombraron a cada niño se ´bierabn ido a sentar las gentes, pero no. Como los niños con su certificado en la mano hicieron una fila de frente, cual más de sus familiares se acercaron lo más que pudieron tratando de llamar su atención. –“Jesús! ¡Jesús! ¡Hijoo! ¡Voltea para acá! ¡Chuuy! ¡Hijitooo!” Gritaba una señora casi desgañitándose con tal de llamar la atención de su hijo. Cada que nombraban a cada niño o niña, además de los aplauzos las gentes pegaban de gritos como “Heyyyyyy! ¡Bravooo!. No faltaron porras y los a “¡a la triquititriquiiii! Cuando le tocó su turno a Elisamar, los gritos de sus papás, el mío, el de mi Púchun y de los que taban en nuestra mesa, jueron los más escandalosos. ¡Esa es m´ijaaaa! ¡Ayayay! ¡Ya casi la veo saliendo de la universidad!. Después de que nombraron a todos no volvieron a pedir que regresáramos a nuestros lugares y que, por favor, no nos paráramos. En fila, bajaron por los escalones del otro lado y se colocaron en la parte baja del escenario y se pusieron a bailar, primero la “Vaca Lola” y, donde más aplausos se llevaron jue cuando bailaron el Waka Wuaka de Shakira. ¡Ah que chulada de mocosos y mocosas! Bailaban con tanta gracia que, nomás de ver cómo casi chillaban de la emoción algunos padres, hasta a mí me dieron ganas tambor de soltar las de San Pedro. Cuando terminaron de bailar los aplaudimos de pie en medio de una competencia de porras entre las familias de los niños egresados. Una vez terminado el evento cada niño, casi en estampida, salieron corriendo hacia las mesas a donde taba su familia que los abrazaban y se tomaban fotos con los recién egresados. En ese momento, nos empezaron a repartir el desayuno: frijoles fritos, una pasta como de fideos y chilaquiles rojos con crema, queso y cebolla picada. A los niños los sentaron aparte y les dieron hotkeis con cajeta. Sandía y melón picados y agua de jamaica. Anque no tan picosos, me cayeron tan bien los chilaquiles que le dije a mi nuevo compadre, que si de favor me conseguía otros pocos y que me dice: –“¡Haaaa! Compadre, vamos a seguirle con la resucitada tuya. Voy por la otra parte, orita regreso. Y… ¡ándales! Ora sí me dejó menos espacio el Daví. Anda contento porque apenas se reunieron los doce hermanos pa´celebrar los 92 años de su jefa a quien le mando un abrazo y mis mejores deseos para que siga cumpliendo muchos años más. ¡Salú por eso!, áhi nos pa l´otra, graciotas.