Edicion : a domingo, 15 de diciembre de 2019 Edicion Archivada

Opinión


Por : Antonio León 

Palabrerío


Publicada:  03 diciembre, 2019 -- Actualizada: 03 diciembre, 2019

En el trienio del actual gobierno municipal, se repiten cíclicamente las ignominias, las luces de colores empañan la tarea reflexiva del grueso de la población, que no tiene tiempo más que para pensar en la inmediatez de su pobreza, ante la distracción luminosa que pretende ocultar el abuso de poder, entre el cual destacan los elevados sueldos de los 12 regidores, los 2 síndicos, el presidente municipal, sus asistentes innecesarios que de menos son cuatro por edil, y el de los funcionarios de primer nivel. Sólo los ediles incluyendo al presidente, representan más de un millón doscientos mil pesos por mes en salarios, mientras los servicios públicos son ineficientes o no existen. El grueso de la población está condenado a la algarabía por lo efímero y fútil que embrutece a las conciencias, degradándose a una especie de legión penitente que pretende curar sus  heridas con el miasma de sus gobernantes.

Las clases populares se han transformado en una turba sin conciencia y sin sentido, que navega sin rumbo en el océano del masoquismo social, con el “hubiera hecho esto o aquello”, en el dispensario de la sumisión, flagelados por esa fría miseria existencial que cala hasta los huesos.

Son prófugos de la conciencia de clase y esclavos de la negación de sus propios derechos, porque cuando  se malgasta el erario y en lugar de protestar se aplaude, se están negando como sujetos de derecho que otorgan el poder a quienes los gobiernan, y eso es tanto como  mandar a los políticos señales de que no hay vida inteligente en el municipio.

Un pueblo domesticado por el gobierno a través de frivolidades y cursilerías, pierde la razón de su existencia como clase social, por lo que su contacto con la realidad se ve seriamente lesionado, al grado de que es capaz de ir limpiando todas las purulencias que dejan sus gobernantes a su paso por el poder público, a cambio de migajas y circo.

Al final, cuando se paguen las luces de colores y se tenga que pagar la cuenta, el pueblo no tendrá otro remedio más que el de siempre: hacer un recuento de sus miserias.

Hasta el martes próximo estimado lector.

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