Punctum temporis | Un punto en el tiempo
Por: Netza I. Albarrán Razo
El 9 de enero de 1431 comenzó en la ciudad de Ruan, Francia, uno de los procesos judiciales más infames de la historia: el juicio contra Juana de Arco, una joven campesina de apenas 19 años que había cambiado el rumbo de la Guerra de los Cien Años y que ahora enfrentaba a un tribunal decidido a destruirla.
Juana no fue juzgada por un crimen común. La acusación formal hablaba de herejía, pero el trasfondo era profundamente político. Tras liderar al ejército francés en victorias decisivas y facilitar la coronación de Carlos VII, Juana se había convertido en un símbolo incómodo para los intereses ingleses y sus aliados borgoñones, quienes la capturaron y entregaron a un tribunal eclesiástico controlado por sus enemigos.
Desde el inicio, el proceso estuvo plagado de irregularidades. Juana fue interrogada sin asesor legal, encarcelada en condiciones impropias para un juicio religioso y sometida a preguntas diseñadas para incriminarla. Las respuestas de la joven, sin formación académica, sorprendieron incluso a sus jueces por su coherencia y firmeza.
El tribunal no buscaba la verdad, sino una condena. Tras meses de presiones, amenazas y manipulaciones, Juana fue declarada culpable. El 30 de mayo de 1431 moriría en la hoguera, acusada de crímenes que hoy se consideran inexistentes.
Veinticinco años después, la Iglesia reabrió el caso. El nuevo juicio anuló la sentencia original y declaró a Juana de Arco inocente, reconociendo que había sido víctima de un proceso injusto. Siglos más tarde, sería canonizada como santa.
El juicio iniciado aquel 9 de enero de 1431 no solo acabó con la vida de una joven, sino que dejó al descubierto cómo el poder puede disfrazarse de justicia. Hoy, Juana de Arco permanece como símbolo de valentía, fe y resistencia frente a la arbitrariedad.
