Punctum temporis | Un punto en el tiempo
Por: Netza I. Albarrán Razo
El 26 de enero de 1934, Alemania y Polonia firmaron un pacto de no agresión que, en apariencia, buscaba estabilizar una Europa cada vez más tensa. El acuerdo, firmado por el régimen de Adolf Hitler y el gobierno polaco, comprometía a ambas naciones a resolver sus diferencias por la vía diplomática y a renunciar al uso de la fuerza durante un periodo de diez años.
En su momento, el pacto fue recibido como una señal de moderación por parte del nuevo gobierno nazi, que apenas un año antes había llegado al poder. Para Polonia, el acuerdo representaba una estrategia defensiva: ganar tiempo y reducir la presión alemana sobre sus fronteras, especialmente ante las ambiciones territoriales que comenzaban a manifestarse en Europa Central.
Una tregua frágil
Detrás del discurso diplomático, el pacto respondía a cálculos políticos muy distintos. Para Hitler, el acuerdo permitía aislar temporalmente a Polonia, debilitar el sistema de alianzas impulsado por Francia y proyectar una imagen de respetabilidad internacional mientras Alemania avanzaba en su rearme, en abierta violación del Tratado de Versalles.
El acuerdo no resolvía las tensiones de fondo, en particular las relacionadas con el corredor polaco y la ciudad libre de Danzig (Gdansk), territorios que el régimen nazi consideraba parte de su espacio vital (Lebensraum). La paz firmada en 1934 era, en realidad, una pausa estratégica.
El preludio de la catástrofe
Cinco años después, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia, rompiendo unilateralmente el pacto y desencadenando la Segunda Guerra Mundial. La invasión confirmó lo que muchos analistas ya intuían: el acuerdo de 1934 no había sido un compromiso genuino con la paz, sino un instrumento táctico al servicio de una expansión planificada.
Una lección histórica
El pacto de no agresión germano-polaco es recordado hoy como un ejemplo de cómo los acuerdos diplomáticos, cuando no están respaldados por voluntad real y equilibrios de poder efectivos, pueden convertirse en ilusiones peligrosas. El 26 de enero de 1934 quedó inscrito en la historia no como un día de paz duradera, sino como uno de los últimos espejismos antes de la mayor guerra del siglo XX.
