Por: Netza I. Albarrán Razo
El 12 de marzo de 1930, el líder independentista Mahatma Gandhi inició una de las protestas más emblemáticas del siglo XX: la Salt March o Marcha de la Sal. Esta acción de desobediencia civil buscaba desafiar el monopolio que el gobierno colonial británico mantenía sobre la producción y venta de sal en India.
La caminata comenzó en el ashram de Gandhi, cerca de Ahmedabad, y recorrió aproximadamente 390 kilómetros durante 24 días hasta llegar a la aldea costera de Dandi, en el estado de Gujarat. A lo largo del trayecto, miles de personas se sumaron al movimiento, convirtiendo la marcha en un poderoso símbolo de resistencia pacífica contra el dominio británico.
El objetivo de la protesta era desafiar la llamada Ley de la Sal, que prohibía a los indios producir o recolectar su propia sal, obligándolos a comprarla al gobierno colonial y pagar impuestos por ella. Para Gandhi, esta norma representaba una injusticia que afectaba especialmente a los sectores más pobres de la población.
El momento culminante ocurrió el 6 de abril de 1930, cuando Gandhi llegó a la costa y recogió un puñado de sal cristalizada del mar, un gesto sencillo pero cargado de significado político.
Con este acto simbólico violó abiertamente la ley británica e invitó a millones de indios a hacer lo mismo.
La Marcha de la Sal provocó una ola de protestas y actos de desobediencia civil en todo el país. Las autoridades coloniales respondieron con arrestos masivos, incluido el propio Gandhi, pero la movilización ya había captado la atención de la opinión pública internacional.
Más allá de su impacto inmediato, la Marcha de la Sal consolidó la estrategia de resistencia no violenta impulsada por Gandhi y fortaleció el movimiento independentista indio.
El episodio se convirtió en uno de los hitos más influyentes de la lucha por los derechos civiles y en un referente histórico de cómo la protesta pacífica puede desafiar estructuras de poder aparentemente inquebrantables.
