Opinión

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Por : Rafael Domínguez Rueda 

Revista de la Semana

El arte de mentir se ha vuelto la mayor virtud de un político. A estas alturas de las campañas, donde el bombardeo de mensajes, la metralla de discursos en las plazas y la ráfaga de propaganda electoral no sólo nos aturde, sino abruma al ciudadano, sobre todo porque los candidatos presidenciales sólo dicen ocurrencias o descalificaciones a los adversarios.
No importa que el contenido de sus discursos nada tenga que ver con las plataformas electorales, ni sus programas de acción, vaya ni siquiera con su ideología, se trata de impactar y de responder para satisfacer a la ciudadanía que sólo espera ver correr sangre en la arena, la cual oscila entre el hastío y la esperanza, entre el tedio y el apasionamiento ciego.
Algunos creen que yo nada más ataco a Andrés Manuel López Obrador y no es cierto. Desde que empezó el año aseguré que mis comentarios no pretendían influir en el ánimo de los electores. Además, no estoy ni a favor ni en contra. Sólo sopeso sus declaraciones y actitudes. Eso sí, creo que sólo hay tres opciones: continuismo, retroceso y expectativa.
Andrés Manuel López Obrador se vale del eclecticismo como recurso. El tabasqueño se dice juarista y se alía con la ultraderecha clerical y propone a un cura para dirigir la Comisión Nacional de Derechos Humanos y ofrece traer al Papa para arreglar los asuntos; se dice liberal y pretende establecer una Constitución moral, algo descabellado; se dice cardenista y entrega a una fracción de la burguesía la concesión del estratégico nuevo aeropuerto; se dice demócrata y busca imponer el modelo del presidencialismo autoritario, donde el titular del ejecutivo decida todo al igual que Hugo Chávez y Trump; propone amnistía y no está en la plataforma de Morena y además es un galimatías; se dice defensor de causas de los más pobres y se opone al ejercicio de los derechos de las minorías y de la legalización del uso de las drogas; acusa a la “mafia del poder” y recluta a muchos de esos mafiosos. Su poder de atracción está en la capitalización de la ira social.
Ricardo Anaya trata de mostrarse polifacético. El imberbe candidato se presenta como promotor del cambio, sin embargo, fue animador y apoyador de las reformas peñistas; habla de un nuevo proyecto de país, pero reivindica el mismo modelo económico liberal; se ostenta como abanderado de las causas de los asalariados, pero sólo ofrece aumentar a cien el salario mínimo; se dice instrumentador del cambio y es grotescamente conservador en los derechos de los matrimonios del mismo sexo y del borto libre; se muestra antipriísta, por eso la maquinaria lo exhibe, lo combate; no hay una sola prueba que se transforme en verdad legal contra Anaya, No hay sentencia, ni carpeta, ahora se abre un expediente no por un ciudadano, sino por un político manejable. En ese sentido le están haciendo lo mismo que a López Obrador hace doce años. Sin duda ha sido el ganador de los dos debates.
José Antonio Meade es un mal defensor de lo indefendible. El que se dice “ciudadano” resultó más priista que elm más pintado; rodeado del grupo que venía marginado al PRI; como tecnócrata deambula entre arenas movedizas, agitándose sin agitar; sin desmarcarse cada día se hunde más. Su discurso es redondo, por lo que no alcanza a romper con la inercia; se asume como promotor del cambio, pero carga sobre sus hombres la estafa maestra, la nueva estafa y el Cártel de Rosario; intenta construir un discurso diferente y en las arenas movedizas de la incredulidad, le resulta imposible desmarcarse de Peña y hasta lo presenta de honesto; no se pudo desafanar de Nuño que aún no aprende a ler; trata de ganarse a los maestros ofreciéndoles incrementar sus salarios; eso es demagogia, no es solución. Sin duda que René Juárez revitalizó la campaña. Su mayor enemigo es el hartazgo social.
Por otra parte, ahora resulta que si hay que creerle a Peña Nieto. Dice que no hay acuerdo del PRI con Morena para que AMLO pueda llegar al poder, por favor… todos los presidentes en funciones se involucran en la elección y hasta la dirigen, pero lo esconden, lo niegan y declaran ser ajenos.
Y piensan que somos retrasados mentales para no darnos cuenta. Por favor…
Está claro. Los candidatos son simples siglas borrosas que venden lo que no tienen y lo que no son y mucho menos lo que ofrecen y que, desde luego, no habrán de cumplir. El resultado electoral, de seguro, no nos va a gustar, pues va abrir otra brecha de desencanto y de traumatismo social.

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