Edicion : 8749 viernes, 25 de mayo de 2018 Edicion Actual

Opinión


Por : Antonio León 

Palabrerío

De acuerdo con el filósofo español Fernando Savater, en una democracia real, todos deberíamos ser políticos. Cuando se habla de políticos, es como si se hablara de una casta divina, una raza superior o un grupo de seres extraordinarios que vienen para esclavizar a la humanidad, y no se toma en cuenta que esos políticos tienen el poder de mando porque nosotros de alguna manera quisimos que lo tuvieran, los funcionarios públicos son nuestros empleados y no nuestros patrones, por lo tanto, si ellos son malos, peores somos nosotros si permitimos que nos mal gobiernen; porque si nos mal gobiernan, podemos hacer uso de nuestro derecho a revocarlos en sus cargos y sustituirlos por personas mejores, o ponernos a nosotros mismos si consideramos que podemos ser una mejor alternativa que ellos. 
La democracia está hecha de la política que hacemos y dejamos de hacer los ciudadanos comunes, por eso,  delegar la carga de la democracia tan solo en los políticos, evita que asumamos nuestra propia responsabilidad como seres políticos que lo somos por naturaleza. Lo que más afecta a la democracia es la pereza política, porque al ser el ciudadano común un perezoso en el ámbito de la vida pública, los políticos lo sustituirán en la toma de decisiones. Si ustedes simplemente se acogen a viajar como polizontes en el dinámico tren de la vida en sociedad, buscando tan solo sus pequeñas compensaciones personales, sin preocuparse de quien dirige el tren y hacia dónde va, otros se encargarán de escoger esa dirección, sacándolos del verdadero camino de la democracia.
La realidad política y económica en la que nosotros vivimos, va en contra del sentido de la democracia, que son: la miseria y la ignorancia. Donde hay miseria e ignorancia, no puede decirse que realmente haya democracia; la miseria bloquea las posibilidades de las personas para dedicarse a la construcción de la verdadera democracia. En la Grecia clásica, a los más pobres se les daba un subsidio para que pudieran asistir a las asambleas a participar en los asuntos públicos, porque se suponía que si alguien estaba tan agobiado con su situación económica personal, no iba a dejar de buscar su sustento para ir a la asamblea a discutir con los demás, y era necesario para tener una democracia real, que todas las personas estuvieran discutiendo y siendo escuchadas.
En ese sentido, podemos afirmar que la pobreza excluye de la democracia a muchas personas en nuestro municipio, estado y país. Entonces la lucha contra la pobreza debe ser un movimiento fundamental de cualquier política que presuma de democrática, se hace necesario entonces que la diferencia entre pobres y ricos no sea abismal, para que todos los ciudadanos proletarios puedan trabajar con sus representantes (los políticos) en el establecimiento de una verdadera democracia.
De modo que luchar contra la pobreza  no debe ser una muestra de altruismo o caridad, sino una muestra de comprensión y responsabilidad con respecto a la democracia, y al mismo tiempo una lucha contra la ignorancia, porque la ignorancia bloquea la posibilidad de utilizar a la democracia beneficiando a toda la comunidad. La ignorancia que obstaculiza a la democracia, no es la ignorancia de quien no conoce la Física o las Matemáticas, porque en ese sentido todos somos ignorantes con respecto a varias disciplinas del ser humano; la ignorancia a la que me refiero, es la ignorancia de quien no puede comprender las demandas sociales de los miembros de su misma clase laboral, la ignorancia de quien no puede comprender un texto que vaya más allá de las páginas deportivas de los diarios, la ignorancia de quien no es capaz de comprender la argumentación de alguien que le está exponiendo sus ideas democráticas, la ignorancia de quien no es capaz de entender o explicar ideas concernientes a la conciencia de una clase a la cual se pertenece. Con el proletariado bloqueado por la ignorancia, la democracia no podrá instalarse jamás. 
De ahí la importancia de la educación, y no es que la educación vaya a resolver todos los problemas socioeconómicos de las clases sociales bajas, pero sí es factible que ésta sea parte de la solución de todos los problemas políticos, económicos y sociales que afectan al proletariado. No hay problema que no se pueda solucionar en el cual no influya de manera determinante la educación. En este sentido, México necesita buenos líderes democráticos y no caudillos; los caudillos están bien para aquellas sociedades que se conforman con vivir por siempre en la miseria y la ignorancia. Se hace necesario entonces salir de esas dos calamidades para que emerjan de sus grupos proletarios sus propios líderes, responsables, respetuosos de la justicia y el estado de derecho, atentos a la legalidad, capaces de una auténtica responsabilidad social, y no ser gobernados por simples caudillos que no resolverán jamás el problema de la ignorancia y la pobreza, porque dejarían de tener poder sobre los grupos que manipulan para obtener beneficios personales a costillas del hambre del pueblo.
Hasta el martes próximo                      [email protected]

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