Edicion : a lunes, 11 de diciembre de 2017 Edicion Archivada

Opinión


Por : Rafael Domínguez Rueda 

Revista de la semana

Hace unos días asistí a una reunión con libreros de la localidad. Con ellos he tenido varias experiencias. Una, encargué un título; para ello me pidieron anticipo; tardó para que me lo consiguieran, lo peor fue que me cobraban mucho más del precio que ofertaban otras librerías. Preferí perder el anticipo. En otra librería, al adquirir un artículo, pregunté por el precio; la dueña me dijo, como usted es cliente, se lo voy a dejar en tanto, o sea, me hizo una buena rebaja.  
Los libreros locales se quejan de que vienen vendedores y la autoridad les da permiso, con lo que se vuelve una desleal competencia. En este caso, considero que no tienen la razón, en primer lugar, porque la cultura no debe tener limitantes. Somos un pueblo que no lee y si por el costo a su alcance puede adquirir un libro útil, ¡qué bueno!
Así como en agosto de cada año, se lleva a cabo en la Explanada  la feria del regreso a clases, también las librerías locales podrían solicitar permiso para realizar una feria del libro, o mejor unirse a las existentes. Dirán: ¡no podemos competir con ellos! Eso es a lo que quiero llegar.
Los libros viejos son un tesoro, para quienes nos gusta leer.
Amo las librerías de viejo o de segunda mano –como ustedes elijan llamarlas-. Siempre prefiero una primera edición que una edición posterior y si la encuentro y puedo comprarla no dudo en hacerlo. No me molesta que a veces los libros estén empolvados, manchados, huelan a humedad, tengan las portadas rotas, las hojas dobladas y amarillentas. Todas esas son características de una vida previa, de un uso honorable, de un camino recorrido que le dan a los libros viejos la misma dignidad de una persona de la tercera edad.
En las librerías comunes o de primera mano los libros ahora vienen envueltos en un himen de plástico que resguarda su virginidad desde que salen de la imprenta hasta que los paga el cliente. Ese envoltorio me molesta sobremanera porque impide que abramos el libro en la tienda para darle una hojeada, revisar el índice, examinar su tipografía o la calidad del papel. Y es que todo eso y más se debe tomar en cuenta antes de comprar un libro.
Pero, no nada más yo defiendo a las librerías de viejo. Quien hizo la apología más elegante, más simpática de los libros usados fue el gran Salvador Novo. En una obra llamada “La defensa de lo usado y otros ensayos” publicada por la Editorial Polis en 1938- el poeta defendió la existencia y la compra venta de todo tipo de objetos usados, incluyendo, claro está, a los libros.
Cuando era estudiante visitaba la larga sección de publicaciones de la Lagunilla para comprar  libros de segunda o tercera o cuarta mano –¡vaya a usted a saber! Como si fuera pescador de perlas, me sumergía en las pilas de ofertas para encontrar algún pequeño tesoro. Aquí en Iguala, cada vez que se ponen los libreros acudo, ahí  he coincidido con el amigo Florencio Benítez y no falta que me encuentre algo valioso, como hace un mes que adquirí un libro de historia en papel fino de 300 páginas, todas bellamente ilustradas, con un costo de cien pesos, amén de que ya había escogido otros diez de a diez pesos. De la adquisición de este libro, la maestra Ninfa Mendoza, es testigo.
Así, un ávido lector sin muchos recursos, como yo, me he podido hacer de una biblioteca respetable de más de más de diez mil volúmenes, conformada en sus tres cuartas partes exclusivamente por volúmenes usados.   
Un libro antiguo o simplemente viejo puede ser, como ya dije, un tesoro. Además, muchas veces guarda dentro de sus páginas todo tipo de recuerdos, pistas y enigmas. Lo más común es encontrar separadores. Los hay de todos tipos: desde los de la más fina piel, hasta los del cartón más corriente.
Eso no es todo, la variedad de objetos encontrados dentro de los libros es incalculable. ¡Qué de sorpresas he encontrado hurgando en mis tomos viejos! 
Recortes de periódicos, billetes de lotería, mustias flores secas, un trébol de cuatro hojas, boletos de autobús. Recuerdo que un fin de semana tenía diez pesos en la bolsa, apenas para medio comer, pero necesitaba un libro para mi tesis, me encomendé a Dios y fui a Tepito, encontré el libro y me regresé nuevamente caminando a mi cuarto y empecé a leerlo, cuál no sería mi sorpresa que a medio libro apareció un billete de a 500 pesos; no daba crédito. Seguí hojeando rápido y no era uno, sino 5 espaciados de la misma denominación. Esa noche cené suculento y me sirvió para mandar imprimir mi tesis. Todo eso y más he descubierto entre las páginas de mis libros adquiridos en los puestos de viejo. 
Si usted puede, acuda a la Feria del Libro que empieza este viernes 8 de diciembre; se presentan personajes tan interesantes como Juan Pablo Leyva y Córdova y Pedro Serrano (Orgullo Guerrerense). Además de un gran elenco artístico local.          

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