Opinión


Por : José Rodríguez Salgado 

Presencias y Evocaciones

Al periodista Héctor Contreras Organista, por su nuevo libro.
No debe pasar inadvertida la fecha del 12 de octubre, que señala el aniversario del Descubrimiento de América. Se le llamó por mucho tiempo Día de la Raza, Día del Nuevo Mundo, Día de América o Encuentro de Dos Mundos. Mi maestro Alfonso Sierra Partida a quien recuerdo por su agudeza intelectual y portentoso talento, consideró a este acontecimiento un “supuesto descubrimiento de un continente por el varón genovés y en memoria del trascendental suceso, los hombres de los pueblos indoamericanos instituyeron el famoso Día de la Raza”. De este vocablo se derivan las odiosas actitudes del racismo, por las que el ario se siente un ser superior y hasta cualquier supuesto blanco siente ser un privilegiado que discrimina por el simple pigmento de la piel, a sus hermanos.
La voz raza, en su filológico sentido, implica distingo, categoría, linaje y está desechada en el moderno conocimiento geográfico y económico. Se refieren siempre a grupos étnicos en particular y ni siquiera generalizan refiriéndose a una “raza humana”. Empero nuestros historiadores, sociólogos y filósofos insistieron por mucho tiempo en usarla para referirse a grupos humanos determinados reviviendo así viejas pugnas y deleznables conceptos –totalmente liquidados-, ajenos a la evolución y a diferencias clasistas, obliga a considerar mexicanos simplemente o indios, mestizos y criollos, nacidos en nuestro territorio.
Después el mestizaje, resultante de la conquista material –nada piadosa- como la espiritual misma, fue un fenómeno que el aventurero español no previó, ni deseaba y mucho menos aceptó. El origen del mestizaje data de la unión de Gonzalo Guerrero que junto con Jerónimo de Aguilar, fueron náufragos llegados a las costas de Yucatán arrastrados por las corrientes- con mujer india, con la que procreó a tres hijos. A la llegada de los españoles que pretendieron rescatarlo, pero prefirió quedarse con su familia.
En un principio el nuevo grupo étnico, fue sumamente heterogéneo, por la multitud de cruzamientos que en la época colonial produjeron entre otros a: zambos, mulatos, cambujos, salta-pa´tras, coyotes y chamizos, pero dominando la unión entre indias y españoles, lo que de ninguna manera constituye la “raza mexicana”. Los primeros mestizos sin renegar de la madre, de la que no podían enorgullecerse, tampoco pudieron gozar del privilegio de “ser hijos de su padre”.
Quizás todavía bajo el impacto y el recuerdo heredados, -aunque Carlos V se preocupó por proteger a los indios, por aquellas peticiones “para marcar a vender a los naturales que son animales con apariencia de homes”-. Todavía hace décadas el mexicano dejaba aflorar un ridículo complejo de inferioridad –étnico y cultural- frente a quienes siguen creyendo que arriban a una tierra de conquistas y frente a quienes lamentablemente defienden a capa y espada, la hispanidad.
Urge acabar con pugnas racistas, el mexicano sin dejar de reconocer sus orígenes, con sereno espíritu y crítico equilibrio, ha de saberse representante de un nuevo grupo étnico, el americano. Llámense venezolanos, colombianos, peruanos, hondureños, nicaragüenses, o como se quiera. Nosotros en un tanto por ciento altísimo somos “hijos de mestizos, de mestizos, de mestizos”. Hasta el tatarabuelo. Simplemente mexicanos. El problema del mestizaje tiende a liquidarse. Desde el momento mismo en que los hombres piensan en función de mexicanidad, ajenos a corrientes ideológicas y pugnas políticas, para encontrar su exacta ubicación y su proyección en el concierto social, económico y cultural del mundo, con su propia y señera personalidad.
Hecho cierto es que el 12 de octubre de 1492 se encontraron dos mundos por las rutas del océano y con la unión material se fundió un nuevo espíritu que desde entonces preside la obra de la civilización. No hay que olvidar tampoco que quienes llegaron a América venían con la mente excitada, a veces de los exploradores y marineros. Padecían ellos, como los nobles y los reyes, como los comerciantes y los capitanes, la fiebre del oro. Por ello la humanidad ha sufrido catástrofes y guerras, pero también por ellas se descubrieron ignoradas culturas y se alcanzaron a salvar, para siempre, los obstáculos del mar y de las montañas.
Colón murió sin saber que lo que había descubierto era un mundo distinto al que él buscaba, o sea la India del Oriente que lo alucinaba y sin imaginar siquiera su gran misterio y riqueza.

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